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Imagens de Daniel Fini

 
ARGENTINA

 

 

Imagen uno

 

 


Ilustración: Tut

Se llamaba Yevdokiya Konstantinovna Naryškina y era hija de un boyardo poseedor de enormes extensiones de tierras al oeste de Mozhaisk. Su madre había muerto cuando ella era una niña y su padre, hombre al que veía muy poco en razón de lo ocupado que estaba atendiendo su elevado cargo en la corte del zar, se había casado nuevamente con Ivanóvna Maliuta Shestova; viuda también, y madre de tres hijas. Las cuatro mujeres la trataban como a un siervo más de la hacienda de su padre, obligándola a trabajar en la limpieza de la casa y en la atención personal de su madrastra y las tres jóvenes.

En este grabado de autor anónimo se puede ver a la joven Kiya de rodillas, refregando los pisos de la sala de estar de la mansión familiar; mientras, en segundo plano, puede verse a las cuatro mujeres y una invitada —probablemente la condesa Vasilevna Nikolaevna Skvortsova— que comparten una animada charla en la tarde de un caluroso día de verano.

 

 

Imagen dos

 

La Princesa Zenaida Nicolaievna Yusúpova y su esposo, el Conde Félix Félixovich Sumarókov-Elston, organizaron un baile en el Palacio Arkhangelskoye, al que invitaron a lo más insigne de la nobleza, entre ellos a la familia Naryškin.

Nadie dudó de que la invitación no incluía a la joven Kiya, ni siquiera su padre.

Sin embargo ella, de carácter afable y solidario, siempre sonriente y atenta; contaba con el apoyo de los demás siervos de la casa quienes la convencieron de asistir al baile, robaron algunas ropas de las hermanastras con las que hicieron un hermoso vestido, la maquillaron y acicalaron. Mikhail Nikítich Otrepyev, zapatero, le obsequió unas hermosas sandalias hechas a su medida y decoradas con escamas de madreperla, tomadas de un viejo joyero, propiedad de la abuela materna de Kiya.

Aquel día, luego de llevar a su familia al Palacio, los pajes regresaron a buscarla con el carruaje de su padre. Se arregló que volverían por ella a medianoche para tener tiempo de retornarla a casa y regresar a la fiesta por el resto de la familia.

Su presencia en Palacio causó furor. Su aspecto era tan diferente al de la sierva que todos estaban acostumbrados a ver que ni siquiera su familia se percató del cambio, y todos se preguntaban, curiosos, quién era tan deslumbrante invitada.

El hijo de los anfitriones, el Príncipe Félix Féliksovich Yusúpov estaba estupefacto. Bailó con la joven toda la velada y quedó asolado cuando ella, alegando excusas ininteligibles, se retiró del baile minutos antes de medianoche.

Esta pintura de Iliá Yefímovich Repin, titulada La huida de la bella extraña, rememora el momento en que Kiya entra al carruaje para volver a su casa, y el príncipe intenta retenerla tomándola de una pierna y quedándose con una sandalia como souvenir.

Curiosamente, nadie reconoció el vehículo y al Príncipe, tan alelado, no se le ocurrió indicar a su guardia que la siguiera.

 

 

Imagen tres

 

Se pidió la ayuda de la Ojrana, la policía secreta del zar, para encontrar a la dueña de la sandalia. El Comisario Dimitri Ivánovich Bogrov organizó y comandó la requisa que, finalmente, dio con Kiya. Los cálculos más conservadores estiman en unos doscientos cincuenta muertos y en más de tres mil los deportados por los agentes de Bogrov, pero podrían ser muchos más. Por otra parte, se señala a Antón Pável Glazunov, campesino y amante despechado de Kiya, como la persona que la habría delatado a cambio de unos pocos kópeks, creyendo que la buscaban para ejecutarla.

Fue llevada encadenada a Arkhangelskoye y se casó con el Príncipe unos diez días después en la Iglesia del Arcángel Mikhail, en los terrenos del Palacio. La Princesa Kiya era respetada y querida por sus siervos. Se la recuerda como una dvoryanina muy justa y preocupada por el bienestar de sus amados súbditos.

Esta pintura del artista Isaak Ilich Levitán, llamada La comparecencia de la Madrastra y sus hijas muestra a Kiya, serena y majestuosa, de pie ante sus opresoras de antaño quienes, de rodillas y cabezas pegadas al piso, le suplican perdón. El gesto beatífico de la Princesa contrasta con el adusto de su noble esposo quien, sentado en el sillón de la sala de Justicia del Palacio, parece sufrir con el drama que se desarrolla frente a él. Se cree que Levitán recogió esta escena un día antes de que las cuatro mujeres y el padre de Kiya fueran ajusticiados por su orden directa, sin atender a los pedidos de mesura de su esposo.

 

 

Imagen cuatro

 

En febrero, las protestas del Domingo Rojo hicieron que el zar abdicara y se constituyese la Duma.

En noviembre, los revolucionarios guiados por Lev Davídovich Bronstein y Vladímir Ilich Ulánov derrocaron al gobierno provisional de Aleksandr Fiódorovich Kérenski.

Al año siguiente, estalló la Guerra Civil. El Príncipe Yusúpov, esposo de Kiya, se unió al Ejército Blanco del General Mijaíl Vasílyevich Alekséyev, y se cree que murió en la toma de Rostov.

Por esa misma época, los bolcheviques entraron al Palacio de Arkhangelskoye que sería, finalmente, nacionalizado. Kiya huyó poco antes de la llegada de los revolucionarios, se supone que ayudada por un grupo fiel de súbditos.

El siguiente daguerrotipo muestra a un grupo de milicianos bolches posando detrás de una fila de cadáveres de personas que pertenecieran a la nobleza y que han sido fusiladas. Se cree que está tomado en las afueras de Kursk, muy cerca de Arkhangelskoye.

 

 

Imagen cinco

 

Lamentablemente, sólo podemos conjeturar qué pasó con Kiya en los días posteriores a su huída del Palacio. Se sabe por referencias indirectas que estuvo en Bryansk y Kaluga, y se dice que fue reconocida por un ex empleado de su esposo en el mercado de Velikiye Luki.

Algunos aristócratas fueron ayudados a escapar por sacerdotes y comisarios del pueblo corruptos. La mayoría de ellos huyeron a Finlandia, Alemania o Francia, mientras que los menos fueron reubicados dentro del territorio ruso, con nuevas identidades. Tal parece ser el caso de Kiya.

En la fotografía, tomada en mil novecientos veintitrés, se muestra una escena familiar en la casa de campo del Comisario del Pueblo para Asuntos Exteriores Georgy Vasilyevich Chicherin, que aparece sentado en un extremo de la mesa, leyendo un periódico. Junto a él, están su esposa Tatiana Vladimirovna Skavronska y sus tres hijas, compartiendo el té, y cuatro camaradas al servicio privado del Comisario Chicherin —el segundo desde la izquierda es Yuri Ivánovich Kobylin, agente encubierto del Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, por entonces ya enemistado con el dueño de casa—. En primer plano, se puede ver a una anciana de rodillas, refregando los pisos de la sala de estar de la casa familiar. No se sabe qué nombre usaba, pero se trata de Yevdokiya Konstantinovna Naryškina. Se cree que, luego de la muerte de Chicherin en mil novecientos treinta y seis, Stalin la envió a Siberia.

 

 

Daniel Frini nació en Berrotarán (Córdoba, Argentina) en 1963. Es Ingeniero Mecánico Electricista. Fue redactor y columnista en revistas humorísticas del interior del país. En 2000 publicó el libro “Poemas de Adriana”. Colabora en varios blogs (”Químicamente Impuro”; “Ráfagas, Parpadeos”; “Breves no tan Breves”; “La Sonriente Cocina de Peloncha”; “Cuentos y Más”; “Educared-TamTam”; “La Oveja Negra”; “Antología Literaria”, “Poemia”, “La nave de los locos”; “BEM On Line”, “Cuentos inverosímiles”, “El Diario de Transilvania”, “Ficcionario” ), en publicaciones digitales (”Axxón”, “Terrorzine” de Sâo Paulo, Brasil, y “miNatura” de La Habana, Cuba); y diversas revistas y periódicos en papel.

En 2009 ganó el 1er Premio de la Segunda Convocatoria de Microcuentos “El Dinosaurio” (Colombia) —en el que obtuvo, también, el 3er puesto—, el 1er Premio en el género “Cuento” del IV certamen de Cuento Breve y Poesía Cosme Sebastián Reniero (Avellaneda, Santa Fe, Argentina), el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve para Niñas y Niños “Garzón Céspedes 2009″ (Madrid / México D. F.) y el Premio “La Oveja Negra” de microrrelatos 2009 (Buenos Aires, Argentina; habiendo sido Finalista del mes de Marzo para este concurso anual). Fue finalista, además, de la Convocatoria Axxón de Ficciones Breves 2009. Su cuento “Éramos un millón de animalitos ciegos” fue seleccionado por la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror para integrar la antología “Visiones 2009″. En 2010, su cuento “La última operación de cerebro” fue publicado en “Borumballa 2010″, antología realizada por los organizadores de ENCONTES, Festival de Narració Oral d’Altea (Alicante, España).

Su poema “Si vos estás” fue incluido en la “Antología Poética XX Aniversario” de la editorial “3+1″ (Buenos Aires, Argentina). Su cuento “El Secreto” fue seleccionado para integrar la antología “Grageas 2, más de cien cuentos breves hispanoamericanos, en el año del Bicentenario” del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos (Buenos Aires, Argentina). Participó, con su relato corto “Contrabando”, de la convocatoria “Festejos del Bicentenario” del portal “Cuentos y más”. Fue designado pre-jurado del 1er Concurso Internacional de Relato Corto “El arte de fluir”. Fue designado Jurado de la Tercera Convocatoria de Minicuentos “El Dinosaurio” (Colombia). Es Coordinador del Taller Literario Virtual “Máquinas y Monos” de la revista digital “Axxón”. Es Corresponsal en Argentina de la Revista Literaria brasileña “Lit!”.

Hemos publicado en Axxón, además de numerosos cuentos breves: OPERACIÓN “OPERACIÓN”.

fuente:  http://axxon.com.ar/rev/2012/09/imagenes-daniel-frini/ 
 


Par larouge • CUENTOS ARGENTINOS II Y CRONICAS • Dimanche 02/09/2012 • 0 commentaires  • Lu 611 fois • Version imprimable

 

 

Nació en Rosario, en 1951, reside en Corral de Bustos, Córdoba. Cursó estudios de Letras. Recientemente ha obtenido los siguientes premios y distinciones: 

 

Nació en Rosario, en 1951, reside en Corral de Bustos, Córdoba. Cursó estudios de Letras. Recientemente ha obtenido los siguientes premios y distinciones: 

 

1ra.mención género Poesía, Concurso Internacional de la Fundación Honorarte. (Edición antológica).  2003

Finalista Concurso Nacional género Fantástico de la Fundación Ciudad de Arena, género Cuento (edición antológica). 2004 

Finalista Concurso Internacional, en el marco del III Congreso de la Lengua Española, género Poesía, Editorial Homo Sapiens. (Edición antológica).2004

3er.Premio Concurso Nacional Suplemento Literario El Subsuelo, diario EL Popular de Olavarría, género Microrrelatos. (Edición diario El Popular). 2005

Finalista Junín País- género poesía- Finalista Concurso Palabraviva- España- género poesía.2007

Finalista en 2005 del premio de poesía Felipe Aldana de Rosario

Finalista de Junín país 2007 y de Palabras Diversas de Madrid 2007

 

e-mail: irmamarc7@hotmail.com

e-mail: irmamarc@gmail.com


fuente: http://www.ruinascirculares.com/ediciones.htm


Par larouge • CUENTOS ARGENTINOS II Y CRONICAS • Dimanche 22/04/2012 • 0 commentaires  • Lu 444 fois • Version imprimable

Deja vu

        DÉJÀ VU

 

 

         Desde que estoy acá, siempre sueño que hago mis necesidades en una plaza. En el sueño siento pánico: cómo puedo hacer algo tan privado a la vista de todo el mundo. Sin embargo, mientras estoy acuclillada como una perra evacuando los deshechos de la angustia que me nace en el vientre, conociendo la vergüenza de mi desnudez, de mi desprotección, de mi impotencia ante la tiranía de las tripas, observo con asombro que nadie me mira, algunos chicos juegan trepados a los árboles o a las estatuas, hay otros, a lo lejos, hamacándose; se oye la música de una calesita que no veo y de los chorros cristalinos de una fuente, varias parejas pasan a mi lado mirándose a los ojos y susurrando, mi papá vive y es un viejo leyendo al sol, aletargado, indiferente, como de costumbre, a lo que yo haga. Siempre es igual, nada es nuevo, nada deja de repetirse.

        En la celda cuatro, del pabellón seis, del Penal II de Devoto en la que estoy presa de los milicos, no hay puertas entre el baño y la sala común donde veinte minas, de distintas edades y lugares de procedencia, no vemos la hora de volver a ser libres. Sospechamos que la cana le  pone un purgante, bastante seguido, a la comida. Hay compañeras que resisten casi hasta reventar esta forma de tormento. Las que más aguantan son, paradójicamente, las que enseguida se quiebran en la tortura y, vaya una a saber por qué mecanismo defensivo, se niegan a entregar esa poca privacidad, ese resto de autoestima que aún les quedan. Desde mi cama, fumando un pucho que intento compartir para ayudarla a relajarse, a la “aguantadora de turno”, pienso con pena que se

añade por su cuenta un sufrimiento y que, al fin de cuentas,  es otra victoria para el enemigo. Yo no sufro. En realidad se trata simplemente de un déjá vû y es bella la plaza donde todo es igual, nada es nuevo, nada deja de repetirse.

                                                                                       

 

                                                                                               Irma Elena Marc


regalo de la autora


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Leonardo Huebe

 Leonardo Huebe

 
 
 
 
Leonardo Huebe nacio en Mar del Plata en 1968.

no tendo otros detalles por ahora

publica en 

EDITORIAL MARTÍN




http://dsbamartin.blogspot.fr/








Par larouge • CUENTOS ARGENTINOS II Y CRONICAS • Samedi 07/04/2012 • 0 commentaires  • Lu 521 fois • Version imprimable

El fin del mundo

de Leonardo Huebe

 

de Leonardo Huebe

  El fin del mundo,

cuento de Leonardo Huebe

Miedo de ver una patrulla policial detenerse frente a la casa.
Miedo de quedarme dormido durante la noche.
Miedo de no poder dormir.
Miedo de que el pasado regrese.
Miedo de que el presente tome vuelo.
Miedo (fragmento), Raymond Carver

Cuando me desperté pensé que este iba a ser un buen día. Un domingo de esos en los que el sol no deja que el aire frío moleste, en los que respirar es fácil, en los que está permitido levantarse más temprano que tu esposa y tu hija, vestirse, dejar en el botiquín del baño un anuncio del futuro paradero y salir a buscar una de las mesas ubicadas en la vereda del Purple Rain Pub.

Parecía uno de esos días; pero me equivoqué.

Pedí un café y tres medialunas. En el camino había decidido romper mi dieta de jubilado y vivir una mañana de fiesta con harina, glucosa y cafeína.

El mozo me ofreció “El Heraldo”, pero lo rechacé: no quería que algún detalle de la realidad me cambiara el humor.

Tenía pensado disfrutar del desayuno y luego cerrar los ojos para adormecerme, de cara al sol, en los sonidos urbanos, ser cada vez más leve, intentar quedarme sin ego.

El tráfico escaso, los pájaros, algún ladrido lejano, pronto fueron un perfecto rumor de mar grave y constante. Como siempre, fue con el mar que la brisa comenzó a descarnarme, a elevarme apenas, a purificarme.

Sé que soy injusto, que su memoria no se lo merece, pero no puedo evitar que de entre todas las cosas que debía agradecerle al doctor Mosca, la de la relajación estuviera en el tope de la pirámide. Y eso que Mosca, desde la época de la Facultad de Medicina (aquellos primeros años de la década del setenta en los que importaba más la política que aprender a extraer un apéndice) hasta su muerte, había sido mi mentor y protector bajo cualquier circunstancia.

Fue Mosca el que me consiguió la residencia en el hospital de Paso Obligado, el que me prestó un departamento, el que me fue presentando, en cada viaje que hacía a la ciudad, a los que serían mis futuros pacientes. Fueron esos amigos de Mosca los que me insistieron y ayudaron financieramente para que abriera mi consultorio en un chalecito sobre la avenida Roca, frente a la estación de trenes, a tres cuadras de la comisaría.

Viví y trabajé diez años en ese chalet. Me enamoré y me casé en esa ciudad.  Fui protegido por Mosca y sus amigos, que me aceptaron como a su médico, como a alguien en quien confiar, como a uno de ellos.

Me pidieron favores que me recompensaron con una vida.

El sol se metió dentro de mí. Yo ya no tenía forma: me sentía un gas rojo que se dispersaba en el aire. Me estimulaba saber que para cualquiera que pasara por allí yo sólo era un viejito sentado en la vereda disfrutando de la mañana, y no un organismo vivo que estaba allí conectando mi conciencia a la naturaleza, acomodando mi respiración y mis latidos al ritmo del universo. Ahora que lo pienso, eso es lo que me define desde mi juventud: la dualidad; el ser una cosa mientras que para la sociedad soy otra.

Hay noches en la que yo mismo me sorprendo falseándome mi verdadera historia, como si lo existido hubiesen sido los sucesos de una novela mediocre.

Podría excusarme explicando que en esa época era habitual el uso de la violencia, podría excusarme diciendo que para juzgar los hechos individuales no se puede dejar de lado el contexto histórico, podría excusarme señalando que en esos años iban armados hasta los mancos. Pero en mi caso, lo cierto es que excusarme sería mentir: Mosca me enseñó un camino y yo caminé por él sin siquiera mirar a los costados. La posición social que hoy tengo y la pequeña fortuna de la que disfrutamos con mi familia es el premio por no haber dudado de seguir en ese sendero. Había una guerra, dijo Mosca en una de nuestras últimas reuniones en Mar del Plata, donde vivía, y nosotros la ganamos. Nadie puede acusarnos de nada.

Aquello fue lo único en lo que Mosca se equivocó. Recuerdo que una noche me llamó por teléfono para decirme que un par de personas lo habían nombrado en el Juicio por la Verdad. Me repitió lo que ya le había dicho a los demás: final de las reuniones del grupo, perfil bajo, mantenerse seguro, entre familiares y amigos. Cuando se despidió no intuí que sería para siempre.

Ya era etéreo cuando desapareció el sol. Al principio creí que era la traición de una nube, así que decidí esperar a que el viento la alejara. Cuando noté que la oscuridad persistía, abrí los ojos. Delante de mí había un hombre parado. Aún volviendo, lo confundí con el mozo. Luego, noté que repetía, como en una letanía, “hijo de puta, hijo de puta”. Me concentré en su figura; lo focalicé.

—¿Puedo ayudarlo? —le pregunté. No lo veía bien, ya que el sol estaba detrás de él.

—Ayudarme —dijo y se rió con amargura.

—Qué necesita —agregué serio.

—Ayudarme —repitió él y siguió riéndose.

—Usted ya me ayudó. Me ayudó bastante. En el setenta y ocho. Se jugaba el Mundial. Escuchaban a Muñoz. Agujerearon las paredes a balazos cuando Fillol le atajó un penal a los polacos ¿No se acuerda? Yo sí. Fue en Paso Obligado. En el subsuelo de la comisaría. Usted me ayudó mucho: si no fuera porque me auscultaba, me tomaba el pulso y les decía cuando parar y cuando seguir yo hoy estaría muerto. Con mi esposa fue diferente: un día se la llevaron, pensé que por su estado y por su inocencia para liberarla. Ilusiones: ella no apareció nunca más. Éramos maestros y nos gustaba enseñar, no la política. No sabe lo que me alegra verlo. La verdad es que lo descubrí saliendo de su casa y lo seguí hasta acá. No me animaba a acercarme. A esta altura uno empieza a creer que ustedes están todos muertos. Pero usted era joven, claro. Recuerdo como lo llamaban: ¡Decile a El Tordito que mientras descanso me revise a éste! ¿Se acuerda?, pedazo de mierda. No sabe la alegría que me da haberlo encontrado vivo.

—No sé de qué me habla, y si no se retira voy a llamar a la policía.

—Llame, llame tranquilo. Aunque antes le recomiendo pensar en cuál de los dos va a tener que dar más explicaciones.

Se rió con tristeza.

Me sentía incómodo hablándole sentado a un hombre parado, casi una sombra con el sol a su espalda. Quise incorporarme; él apoyó una mano en mi hombro y me hundió en la silla. Teníamos una edad parecida, pero el odio que sentía por mí le daba una fuerza a la que no podía oponerme. Miré hacia el Purple Rain: no había nadie a quien hacerle una seña para pedirle ayuda.

Pensé en Mosca. En su pie derecho desnudo, en el pulgar enganchado al gatillo, en el caño del FARA en su boca.

También pensé en Angélica.

La llevé a casa con el ombligo recién cortado. Le dije a Elena que era huérfana. Ella me miró a los ojos y no dijo nada: ahora sí era madre. La llamamos Angélica. La consentimos siempre. Teníamos un talento especial para malcriarla. De niña fue Barbie. De adolescente Patti Smith. La rescaté de lugares inmundos; fui, por primera vez, violento; la encerré en una granja donde algunos amigos le limpiaron toda la mugre. Me pregunté muchas veces si Angélica no sería así simplemente por una cuestión química, por cosas relacionadas con la genética.

—Sabe, yo no podía creer que hicieran todo aquello a cara descubierta. Usted hasta traía el guardapolvo blanco. ¿Se acuerda? ¿Tan seguros estaban? ¿El cura, vive? Ese hijo de puta venía y mientras nos daban máquina nos leía parábolas bíblicas. Si lo ve mándele mis saludos y dígale que todavía hay noches en las que sueño con su voz. ¿El comisario, vive? Ese hijo de puta estaba las veinticuatro horas tocándoles las tetas a las mujeres. ¿Se acuerda? Ni mi esposa, embarazada de siete meses, se salvaba.

En ese momento, en el que el terror se me manifestaba con un sudor frío, en que recordaba la única vez que había sido partero, el hombre cambió su postura: aferrando los apoyabrazos de la silla que yo ocupaba, lentamente se acomodó en cuclillas. Vi su rostro: era un Papá Noel desprolijo.

—Bueno; ahora sabe lo que estoy buscando. ¿Fue nene o nena? ¿Quién lo tiene? ¿Sobrevivió?

—¿Pasa algo, doctor? —preguntó el mozo desde la puerta— ¿Lo están molestando?

— No pasa nada —le contesté sin mirarlo—.  El amigo se está despidiendo.

El hombre asintió con la cabeza, se enderezó y retrocedió dos pasos. Decidido, introdujo una mano en el bolsillo interior de la campera. Temí lo peor: imaginé una pistola. Observé, a sesenta metros, como Elena y Angélica se acercaban al Purple Rain. Venían haciéndose cosquillas; en la tranquilidad del domingo se escuchaban sus risas. Con alivio, vi que el hombre me apuntaba con su teléfono y me tomaba un par de fotografías.

Se alejó en silencio. No giró. No volvió a mirarme. Sólo se subió a un auto viejo y se fue.

Angélica se sentó a mi lado y Elena, parada en el mismo lugar que aquel hombre había abandonado, me preguntó:

—¿Quién era?

—No sé; nadie —contesté resignado—. Uno de esos tipos que joden los domingos anunciando el fin del mundo.

fuente: 
http://zonaliteratura.com/index.php/2012/03/10/el-fin-del-mundo-cuento-de-leonardo-huebe/

© Leonardo Huebe


 



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Jacobo Fijman

 


 
J

acobo Fijman nace en Besarabia, en la actual Rumania, el 25 de enero de 1898. A principios del nuevo siglo emigra con sus padres a la Argentina donde se instalan en la provincia de Rio Negro.

 

En 1917, luego de una residencia en la localidad de Lobos donde cursa sus estudios primarios, se traslada a Buenos Aires e ingresa en el profesorado de Lenguas Vivas y obtiene el titulo de profesor de francés.

 

En 1921 ocurre la primera de sus internaciones en el Hospicio de las Mercedes.

 

En esa epoca frecuenta al grupo Martín Fierro y colabora con su revista. En 1926 publica su primer obra, el libro de poemas Molino Rojo. Ese mismo año viaja a París.

 

Hacia 1930 se produce su conversión al catolicismo y publica su segundo libro: Hecho de Estampas.

 

En 1931 aparece Estrella de la mañana, tercera y última obra de su producción.

 

A lo largo de esa década viaja por el país ejerciendo oficios diversos, entre ellos el de violinista ambulante.

 

En 1942 es internado nuevamente y definitivamente en el Hospicio de las Mercedes, con diagnostico de Psicosis distímica.

 

Muere en 1970 en el hospital Borda.
 

 





 


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Hotel Dacia

de Jacobo Fijman

 

Hotel Dacia

de Jacobo Fijman

 Hotel Dacia

de Jacobo Fijman

 

Hotel Dacia, cuento de Jacobo Fijman

22/03/2012

 

Opinión del cuarto 25: Es terrible el problema de la estima.

 

Dante amaba la cruz del sur. Me parezco a Dante mirando la cruz del sur; parecido que me ha hecho perder la canción infantil Frére Jacques, del cuarto 6, marquesa Duvernois, y las campanas de la Sorbonne.

Todas las Torres, aquel señor escapado de un vitrail de Chartres,

el joven que se va a las Indias, el médico…
Pero hay dos médicos muertos. He pasado mala noche, o la mañana es húmeda, de humedad que ensucia.

—Los patitos, los patitos, los patitos. Repito las palabras de la señora Jeane Lolong del 13. Se las he oído en Rambouillet.

Los hoteles de París son siniestros. Así como suena: siniestros. Pasan por ellos matrimonios, de una hora, de una semana, de un mes.

Me ha robado mis zapatos. Me quedaré en casa. Adán Iraola a quien no describiré nunca, me ha encontrado la venta de un cuadro de Toulouse Lautrec.

Examino mi guardarropa. Curioso guardarropa: frac muerto, tabaquera de muerto. El público de Comedie Fancaise hubiera preferido verme de traje de golf, aunque sea en el cuarto 4, señor Alain. Los francos que repartió Mergault, 18. el apetito en sí, según la alemana del 10, me obligaran a ver al señor del “El Universal”, joven sanjuanino que compra artículos.

El noruego del 23 entra a mi cuarto. Extiende un mapa. En tanto murmura despacito:

—Yo trabajo para perder mi nacionalidad. Ya la he perdido. Sólo tengo derecho a la protección de los cónsules.

—¿Por qué?

—No quiero tener nacionalidad. Amo el espíritu francés.

París baila demasiado los derechos del hombre.

Francia tiene la dulzura de Cristo, pero esta noche guillotinan a tres hombres. Ovejero, 5, que lee al Poverello, se paseará reposada y digna­mente, como cuadra a su estatura, y a su bastón de malaca, por la rue de la Paix; alguna ciclista irá en dirección de Versailles, y no se le ocurrirá pensar que tres hombres verán por última vez la claridad latina.

Yo debería contar la historia del cepillo para que supieran los motivos de mi antipatía por Ovejero, pero en este preciso instante, Eduardo Lezica me ha traído barajas criollas, me cuenta los incidentes de las fiestas de a bordo, y vistas de una condesa alemana.

—En Jonville encontré la novela de Ohnet que se llama Serge Paiune.

Nuestro amigo Sergio Méndez firmaba sus artículos con ese pseudónimo— le digo a Lezica. Méndez es muy amigo de Lezica.

—¿Y tu primer noche en París? —pregunta.

—He tenido muchas primeras noches. Una de ellas fue la noche en que me echaron de “La casa de los estudiantes” por cantar vidalitas.

Ayer he subido hasta el quinto piso, examiné los botines apostados en cada puerta y sin embargo no soy aquel zapatero que conocía el espíritu de los individuos por las deformaciones de sus zapatos.

Esperá que mientras escribo mi diario y referencias no minuciosas sobre los tipos que habitan el hotel “Dacia”‘ no todos se hayan marcha­do

La mujer del 15 se parece hoy a las que dan examen de canto en la municipalidad, para tener derecho de mendigar. Tiene las medias de café claro y embarradas, y la voz suficientemente lúgubre para poder explicar a los turistas el nombre de cada tumba del cementerio de Quartier. Es intérprete y hace muñecas. Habla mal todos los idiomas y sabe que la vida es dura.

Por preguntarle algo de Holanda, le digo:

—¿Los holandeses cantan?

No ha entendido ni seca: pero contesta:

—Son demasiado limpios.

—¡Uf, qué asco! Estos entierros parisinos. La gente que acompaña al muerto, bajo los paraguas. Nombro la selva virgen, los ríos, las islas de mis pagos. He visto enterrar en el Chaco…

Los domingos son iguales en todas las partes del mundo.

Las caricaturas sarcásticas de Groz darían gráficamente mis iinpresiones vy los cabellos rojizos de la noruega y los regalos de muñecas de la intérprete a cada nuevo amante y el monito del cuarto 3, señorita Dreyfus, que hablaba de la vida primitiva, de algo potente: todo este mundo demolido por la cortesía, discutidora y absurda. ¿Qué hace la Torre Eiffel?

—Quisiera entrar en el laberinto de su espíritu—. Puede ser que nos entendamos, Ha intercalado en la conversación palabras italianas. Para enternecerme me habla de una biblia ilustrada por Fouquet.

—La podemos vender por cien mil francos, o sino buscaré un viejo que me mantenga y de tanto en tanto nos veremos para conversar de teosofía.

La señorita Dreyfus desvió mis ideas hacia la señora del ministro mejicano en Indo-China. La señora del ministro mostraba por todas partes su carita granujienta y hablaba con fervor del bolcheviquismo.

—¿Hay algo más terrible que una boda de pobres en París?

—El éxtasis antes de Jesucristo. —Habla el cuarto 24—. Voy a jugar con las estrellas como con bolas de billar.

Mis sujetos no trabajan: sólo tienen nostalgia. Puede que havan trabajado; puede que se decidan a trabajar.

Debería irme a las Indias. El cuarto 14 perdió el miedo de la muerte en las Indias.

Las quenas de una peruana, los huacos de mi amigo Laprida y las balalaycas del restorán Knam, los cielos grises y las corbatas y pañuelos me han enloquecido de terror.

En este momento yo sabría qué hace el cuarto 24, si no me hubieran robado los zapatos.

Entonces Dakar sólo existía para mí en las estatuitas negras y en los cuadros de Matisse. Absurda comparación, pero es la única venganza que se merece la pintura, ya que es tan difícil de comprender. Diez y siete días me he paseado con el primer tomo de la Suma de Santo Tomás por todos los cabarets y lugares de diversión, por culpa del saxofón que trajo las aldeas negras del Senegal a las ciudades de piedra, y que me hizo gustar los platos de porcelana decorados de Cristos de vientres largos, larguísimos. Por eso decía mi amigo Osvaldo, del 16. que la Edad Media era una época en broma.

Ahora veo cada tipo a través de determinado caos. A la señora del 22, señora Rabinovich, por la voz, por el sistema de malestar; a la inglesa del 8, por lo que afirmaba los domingos a sus amigas francesas (Shakespeare es un buen autor), a Vélez, que habita el 21, en busca de la alsaciana que se la soplo al amigo griego con cara de sirio y tonada cordobesa; a Puñi, dueño de dos manzanas de casas de Leningrado y actualmente habitante del 17 y a…

En París, ciudad donde he comido faisán y he festejado el centenario de la enfermera Cammembert, mis tipos cambian según el barrio que frecuentan, hasta que se me familiarizan una vez que se han habituado a comer manises.

El relojero suizo, cuarto 25, no usaba, pero hablaba de la geometría de lo sensible, de faroles y coches que daban vueltas hasta romper el día. Me entraban tentaciones de decirle a la señora Rabinovich:

—Yo se que tiene usted las patas sucias, y mejor sería que hablara su lengua materna. ¿Por qué cree que es distinguido hablar francés? La señora Rabinovich berreaba tan alto que me impedía formarme un juicio de Suiza. Pero la cruz y las Florecillas del Poverello no me dejaban dar libré curso a mi indignación.

He cenado en el Grand Hotel, y me he convencido que la multitud es todo, motivo por el cual decidí el catorce de Julio, puesto que toda Francia baila los derechos del hombre, leer Esquilo.

Las manos de los Cristos de las catedrales se parecen a las mías. Con ellas y latas de yerba Flor de Lis, me hago la atmósfera de Buenos Aires.

Todo es bello en el deseo. Qué vine a buscar a París? El amor. No Yo amo a mi novia salteña, casi india. ¿A Pascal? He visto la torre de Saint Jacques donde él hizo la experiencia de la pesadez de los cuerpos. ¿Qué he venido a buscar? El Sena está siempre frío bajo los cielos grises, y en todas partes, Dios.

Ah, ¡qué admirable sería matar! El crimen. Yo conocí al señor que se llamaba Tortiello, que amaba a Darwin y hablaba de patricios. Aquella vez que guillotinaron al bandido Michel, él siguió pensando que era necesaria la guillotina.

¡La alegría que me dan las cosas!

La alemana del 10, señorita Schtainer, se ha caído del último piso. De ella tenía referencias del 26, señor Schveiberg, argentino naturalizado chileno La alemana amaba la “aventura de la palabra”, frase de Balsac, los puentes y sobre todo los símbolos puentes. El médico chileno, Barros, coleccionista de tarjetas postales, observa:

—Ha escupido la masa encefálica.

Yo le digo al médico chileno, cuarto 27:

—Había resuelto llevarla hasta el Arco de Triunfo y hacerle conocer la tumba del “soldado desconocido”.

En ese momento llegaba la noruega del 2, vestida de baile y con hambre de tres días.

—Ha vomitado la masa encefálica— repitió el médico chileno—. ¿No ve la espuma?

La belga del 9, ciudadana de Brujas, lleva un gran ramo de flores y pasa corriendo.

Padre, Hijo y Espíritu Santo; meditó en los tres portales de Notre Dame. El señor Friedman, ex ministro mejicano, del 14, ya no tiene miedo de la muerte. Por todo el hotel entra la Semana Santa de Sevilla: Fabiano, el gitano español, canta saetas. Bendita sea su madre.

Con la vida y las almas no se puede hacer lo que con las palabras ¿Cómo sacarle a la Marquesa Duvernols que no piense en su marido muerto durante la guerra y a Castro, 28, sacarle la manía de su apellido y la de buscar sillones del siglo trece? A los dos les curarían las buenas costumbres cosmopolitas de una inglesa y noruega que encontré en el Wikinks, cafe de Mortpamasse

—Tomaremos café con leche y medias lunas— me dijo Ofelia, la ofelia gorda, que venía de dejar sus dientes de oro en la casa de préstamos.

Yo oía el bullicio del fondín de Montrouge y la voz de la patrona: Sopa, sopa.

Ofelia, ofelia, ofelia, cuarto 1. Es la más vieja de los pensionistas del Hotel “Dacia”.

—El violinista hondureño hace ocho horas que se empeña en tocar el concierto de Viotti. Lo ha tocado 20 veces y habita en el 20; estúpida coincidencias. Le ama la lavandera del hotel y le admira Manekatz, del 19

—Puedo prestarle cinco francos—, le dijo un día.

Ahora vuelvo a recordar la belga de Brujas, ciudad mística. En la ciudad mística después de escuchar explicaciones, mejor dicho, datos sobre la catedral, puente, lago, almorcé carne de caballo, y supe que los habitan­tes de la ciudad mística eran profundos jugadores de football. Con razón el guardián del museo Memling, me dijo:

—Brujas no está muerta; Brujas está viva… Lo único que ha desapareci­do son los cardenales que sabían ochenta y cuatro dialectos.

—Ah, la pobre belga, lo que tiene que aguantar.

—Todos mis amigos insultan a Dios y se suicidan— decía el pintor lisboeta del 7.

Gautchot —Mis amigos me reprochan de que ya no soy hombre de acción.

Gautchot es el 12.

Amigos, la amistad; Vélez en busca de la alsaciana.

—Ofelia, ofelia —canto. Tengo hambre.

El saxofonista negro se desternilla de risa. El saxofón se ha metido en todos los cuartos del hotel.

fuente: http://zonaliteratura.com/index.php/2012/03/22/hotel-dacia-cuento-de-jacobo-fijman/






Par larouge • CUENTOS ARGENTINOS II Y CRONICAS • Samedi 07/04/2012 • 0 commentaires  • Lu 448 fois • Version imprimable

Mascaras

de Jacobo Fijman

 Jacobo Fijman - Máscaras


Sangró mi corazón como una estrella
crucificada. 
Dolor;
del sándalo purísimo del sueño
trabajaron la balsa de mi vida. 
 
 
Amor
hízome calles de esperanza
que oprimieron tus manos de alegría. 
 
 
Sus máscaras de aromas pusiéronme los astros
en las músicas negras que miran lentamente
mi soledad de túnel olvidado. 
 
 
Y todavía el muelle
de mi ser bosteza;
 
 
yerra mi angustia
dando vueltas y medias-vueltas
como barricas. 
 
 
Hasta que al fin, se romperá algún día
mi corazón, como un ladrillo. 
 
 
¡Sus máscaras de aromas me prenderán los astros!
 
 

Par larouge • CUENTOS ARGENTINOS II Y CRONICAS • Vendredi 06/04/2012 • 0 commentaires  • Lu 470 fois • Version imprimable

Canto Del Cisne

de Jacobo Fijman

 Demencia:
el camino más alto y más desierto.
 
Oficios de las máscaras absurdas; pero tan humanas.
Roncan los extravíos;
tosen las muecas
y descargan sus golpes,
afónicas lamentaciones.
 
Semblantes inflamados;
dilatación vidriosa de los ojos
en el camino más alto y más desierto.
 
Se erizan los cabellos del espanto.
 
La mucha luz alaba su inocencia.
 
El patio del hospicio es como un banco
a lo largo del muro.
 
  Cuerdas de los silencios más eternos.
 
Me hago la señal de la cruz a pesar de ser judío.
 
¿A quién llamar?
¿A quién llamar desde el camino
tan alto y tan desierto?
 
Se acerca Dios en pilchas de loquero,
y ahorca mi gañote
con sus enormes manos sarmentosas;
y mi canto se enrosca en el desierto.
 
¡Piedad!
 
El timbre de mis ojos
esparce intimidad.
Mi piedad de rodillas
se arroba en los suspiros del ocaso
(palomas de violeta)
¡Mis manos palpan el color de misa!

Fernanda Garcia Lao

 
 
Fernanda García Lao est née en 1966 à Mendoza en Argentine. Contrainte de s’exiler à Madrid avec sa famille en 1976, elle retourne dans son pays d’origine en 1993 et s’installe à Buenos Aires. Comédienne et dramaturge, elle est l’auteur de plusieurs pièces de théâtre ainsi que de nombreuses nouvelles. Elle a également publié plusieurs romans, dont La faim de María Bernabé qui a obtenu, en Argentine, le prix du Fonds national des arts. 


son premier livre traduit en français: La faim de Maria Bernabé est sorti de 6 octobre aux Editions La Dernière Goutte

son deuxième opus traduit en français: La Parfaite Autre Chose vient de paraître (le 8 mars 2012) aux éditions La Dernière Goutte



Mi pequeña molotov


Voy apretada contra el cuerpo de Evaristo en visita nocturna. Su pelo huele a kerosén. O seré yo. El polo petroquímico está cerca, pero el camino se corta varias veces como una espalda rota. La posición en la moto lo tiene confundido, si lo abrazo es por seguridad. Siento poco por él. Cada vez menos. El amor es un tobogán ingrato. 

Aparecemos por error frente a un castillo que fue usina eléctrica y hoy no es nada. Una construcción que oculta el vacío, una lápida brillante, justo atrás de los burdeles. El guarda nos señala el camino y no duda cuando le pregunto si está sano. Y no, acá pasan cosas. Qué, insisto. Sombras que se alejan, sonido de hienas en la oscuridad. No era la respuesta que esperaba. 
Nos subimos a la moto en dirección a esas luces de feria contaminada que insisten en brillar como una navaja sobre un corazón. Por fin, encontramos un cartel que advierte. Hay peligro. 
Un camino finito une la visión de viejas turbinas soviéticas, los fósforos inquietantes, eliminaciones de etano y el amargo celo de Evaristo, que me mira por el espejo retrovisor desde el reflejo oblicuo de sus anteojos. Dijo que quiere besarme en coincidencia con el estallido. Necesita ese fogueo externo. Es delgada y transparente nuestra escasez de amor. 
Mis motivos son otros. 
Los camiones estacionados al costado me asustan. El vacío me da pavor. Solos él y yo en este polo sin nieve. Una ciudad deshabitada pero estridente. Tenebrosa. El progreso se alimenta de pánico. Sin miedo no hay avance. Quiero volver hacia atrás. Pero ya es tarde.
Dejamos la moto junto a un poste y Evaristo saca de su mochila una pinza. Ahí nomás están las chimeneas más activas. Cuerpos de gas noctámbulo emiten llamaradas furiosas como eructos sin estómago. Cortamos el alambre y caminamos en silencio. 
Una rata sobrealimentada nos mira con rabia, hemos interrumpido su cena. Clava sus pupilas rojas en las mías y después sale corriendo hacia la negrura.
Frente al sector C, Evaristo no puede más. Lo beso con la botella en la mano y me entretengo en la visión del polo reflejada en sus anteojos. Veo el mundo en su pantalla diminuta mientras él introduce su lengua en mi boca con insistencia. Parece una anguila plástica que se ha enredado en mi paladar. Se baja los pantalones sin dejar de besarme, como un contorsionista inoperante y después me gira, súbitamente enérgico. Mientras su turbina se esconde entre mis piernas, yo le robo el encendedor. Su gimnasia erótica y mi muñeca coinciden en el tiempo. Enciendo y lanzo en cuatro patas mi pequeña molotov contra un objetivo cercano. Pero es como tirar un fósforo en una hoguera. Cae a pocos metros y la nafta no llega al trapo. Evaristo no se da cuenta, entregado como está a las bondades de su propio orgasmo. Una explosión fosforescente que no tiene que ver con nosotros, eclosiona y vuelve naranja la noche. Entonces, me suelta excitado por ese otro fuego que nos hace visibles. Bajo esa luz inmunda, descubro que un coro de ratas deformes nos ha estado observando con aire reprobatorio. 
El demonio permanente de la producción ha licuado mi inútil gesto revolucionario. Evaristo se sube los pantalones con optimismo. Decido no volver a tocarlo. Es torpe y sabe a cloro. 
Una rata sin cola, vestida de operario, nos acompaña hasta la salida.



Texto escrito y leído en Bitácoras del Filba Bahía Blanca
Foto: FGL en el Polo Petroquímico.
Marzo 2012

fuente: http://fernandagarcialao.blogspot.fr/

cortesia de la autora

 

 
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Juan Martini







(Rosario, province de Santa Fe, 1944 — ). Juan Carlos Martíni. Libraire, éditeur et journaliste à Buenos Aires et dans sa ville natale. En 1975, il s’exile à Barcelone et y réside jusqu’en 1984. Il dirige alors la collection « Novela Negra » des éditions Bruguera dont l'influence sera déterminante sur l'éclosion du roman policier espagnol de l'après-franquisme. Outre ses activités d’éditeur, il publie, de 1966 à 1975, plusieurs recueils de nouvelles (El último de los onas ; Pequeños cazadores ; La brigada celeste) et des romans (El agua en los pulmones, 1973 ; Los asesinos las prefieren rubias, 1974 ; Encerclé, 1977). En 1981, il signe La Vie entière, « récit magique et lugubre où il explore l'identité argentine à travers le destin d'une ville égarée dans la plaine ». En 1984, il donne Composición de lugar, qui marque le début du cycle Juan Minelli. À ce jour, il a publié quatre recueils de nouvelles et une dizaine de romans.


Aprender a leer

20-03-2012 | Juan Martini 

Historietas, tiras de humor y enciclopedias infantiles y juveniles: las lecturas de la infancia.

Por Juan Martini.


* Cuando empecé a leer mis padres eran muy jóvenes y estaban distraídos en sus propias vidas. Tenían 30 años y yo 6. Mi madre era huérfana y nunca pudo desenredarse del todo de la nostalgia por mi abuelo. Mi padre era hijo de calabreses analfabetos y trabajaba en la Secretaría de Trabajo y Previsión del gobierno de Perón. En el departamento de la calle Pozos 272 no había, me parece, ni un solo libro.

 

* A mi madre la crió una tía, en Rosario, que después fue mi madrina. Mi madre se escapó de esa casa a los 18 años y se vino a Buenos Aires. Pero el vínculo no estaba roto y ella fue y volvió muchas veces y yo aprendí a pasar los veranos allá. En la casa de Tina, mi madrina, había una biblioteca, uno de esos muebles cerrados con puertas de vidrio y lleno de libros… Esa biblioteca era algo así como lo que no podía faltar en un escritorio aun cuando nadie leía, tampoco, en la casa de la calle Rioja 2824.

 

* Así que todo empezó con historietas y tiras de humor. Desde revistas como Rico Tipo, en la que abundaban los personajes de Divito y sus chicas, hasta Hora Cero, que apareció semanalmente en 1957 con las aventuras de Ernie Pike, El Eternauta y el extraordinario Randall the Killer (todas con guiones de H.G. Oesterheld y dibujos de Hugo Pratt, Solano López y Arturo del Castillo), pasando por PatoruzitoEl TonyIntervalo y D’Artagnan donde salían Flash Gordon, Rip Kirby, Cisco Kid, Capitán Marvel, Agente Secreto X-9, Steve Canyon, Mandrake, Tarzán y Batman. Sin olvidar las revistas mexicanas dedicadas a Roy Rogers, Gene Autry y Red Ryder entre otros cowboys, y también a Archie y a La Pequeña Lulú.

 

* La televisión no comenzaría hasta unos cuantos años más adelante a reemplazar la lectura con novelas y series y la función social de contar historias se refugiaba todavía y en parte en la radio. Rico Tipo rondaba en sus mejores momentos los 400.000 ejemplares y su influencia en la vida cotidiana era fuerte. El Tony, así como otras revistas de la editorial Columba, vendía 300.000. Estas cifras son inalcanzables hoy para cualquier revista de cualquier tipo que se edite en la Argentina.


* Quedaba el cine. Mucho Hollywood, mucho western, muchas aventuras y películas cómicas y de amor. Los cines de barrio daban dos y tres cintas por día en funciones continuadas. Esto quería decir que si entrabas a las tres de la tarde y querías ver dos veces las dos o tres películas lo hacías. Recuerdo haber salido más de un domingo del cine Gardel en Rosario o del Parque Chas en Buenos Aires a la nochecita con los ojos hinchados y sin poder pensar en otra cosa que en el coraje de Charlton Heston, Alan Ladd o Gary Cooper… Antes habían sido los cines para chicos, los que tenían programas de una hora de dibujos animados y cortos con actores como el Heraldo, en Rosario, o el Real en Esmeralda al 400 en Buenos Aires… En todos los casos yo leía historietas y veía películas fascinado en el armado de las tramas, en el progreso de las historias, en la construcción de traiciones o amores imposibles.

 

* De modo que no es de extrañar o resulta casi lógico que lo primero que se me ocurrió escribir fue el guión de una historieta de cowboys que después yo mismo dibujaba. Esto sucedió en Rosario, durante unas vacaciones de invierno, mientras Tina y su hija, Chichita, cosían o bordaban en una pieza que una estufa a kerosene calentaba y perfumaba con olor a hojas de eucaliptus que hervían en un jarrito sobre una rejilla en lo alto de la estufa. El personaje principal no era un sheriff ni un bandido: era un comedido o una víctima, un tipo atrapado entre dos fuegos que quería rescatar a la chica.

 

* Entonces, un día de verano, en Rosario, abrí la biblioteca… y me quedé ahí, sentado en el suelo, mirando. Me pareció que había muchos libros… Con el tiempo yo los iría leyendo, no todos, pero casi todos. Sin embargo lo que nunca voy a olvidar es lo primero que vi y la impresión que me causaron veinte tomos iguales encuadernados con tela verde. Era El Tesoro de la Juventud, una especie de enciclopedia infantil y juvenil que se convirtió durante un par de años en mi lectura preferida. El Tesoro de la Juventud estaba organizado en Libros y cada uno de los volúmenes contenía todos los Libros: El Libro de las Narraciones Interesantes, El Libro de los Países y sus Costumbres, Historia de los Libros Célebres, Historia de la Tierra, El Libro de los Hechos Heroicos, El Libro de Nuestra Vida, y Juegos y Pasatiempos entre otros. Mi preferido era El libro de los Por qué.

 

* En esa biblioteca familiar, flaca a pesar de todos los libros que guardaba, acumulativa sin otro orden, y por eso mismo un poco caótica y un poco irresistible, puedo reconocer hoy, además, algunos impulsos que me estaban llevando, sin que lo supiera, hacia mis primeros pasos en la escritura, hacia mis primeros (y casi últimos) poemas y hacia mis primeros cuentos: una labor al principio silenciosa y secreta sobre la que crecería en seguida el deseo indoblegable de escribir.

fuente: http://blog.eternacadencia.com.ar/?tag=juan-martini

 cortesia del autor



De Mujercitas a Borges

por Juan Martini

 

De Mujercitas a Borges

27-03-2012 | 

La colección Robin Hood, adaptaciones de Shakespeare y Poe, poemas de Bécquer, los clásicos de Stevenson y Julio Verne: las lecturas de un adolescente que ya escribía.

Por Juan Martini.

 

* Cuando entré en la adolescencia, pongamos a los 12 años, mis autores favoritos eran Emilio Salgari, Mark Twain, Louisa May Alcott y Charles Dickens. En la biblioteca de mi madrina, en Rosario, había un ejemplar deMujercitas en la colección Robin Hood y uno de David Copperfield editado por Peuser. Los leí por primera vez, creo, a los 11 años. Y junto con ellos descubrí esas editoriales. Antes había pasado por versiones adaptadas de Shakespeare y de Poe. Después, tipo 13, me atreví con La piel, una novela polémica del comunista italiano Curzio Malaparte. Era una mezcla rara esa biblioteca, con libros para grandes y chicos; con novelas y ensayos políticos circunstaciales como el libraco ¿Pertenece el futuro a Hitler?; con autores compactos como Conrad y escritoras pedagógicas cristianas como Harriet Beecher Stowe (La cabaña del tío Tom).

 

La amada inmóvil, un libro de poemas del modernista mexicano Amado Nervo, me llevó casi por un tubo a escribir poemas de amor tan tristes como aquellos, o macabros como los versos de Espronceda (Me gusta un cementerio de muertos bien rellenos, manando sangre y cieno que impida el respirar…). Las primeras letras, entonces, fueron para el guión de un comic en la infancia, y las segundas para derivar de la manera más adolescente posible, con una influencia central que, como no podía ser de otra manera, era toda de Bécquer y sus Rimas y Leyendas.

* Con Shakespeare para chicos aprendí que no hacía falta ser italiano para que una historia de amor transcurriera en Verona y con Emilo Salgari que no hacía falta ser malayo para que las aventuras de un príncipe que se convierte en pirata para luchar contra Gran Bretaña navegaran por el Mar de la China. Y algo más, en Salgari: la información geográfica e histórica que aparece en sus libros es rigurosamente cierta sin que el escritor hubiera salido jamás de Italia, y estamos hablando de los últimos años del siglo XIX y primeros del XX. De las aventuras de Sandokán al mito del Misisipi y a las trapisondas y enamoramientos de Tom Sawyer y Huckleberry Finn de Mark Twain con parada en la saga de Mujercitas primero y los Ocho primosdespués en Massachusetts, bien al norte de la costa este de Estados Unidos.

* Muchos de estos libros eran editados en la Colección Robin Hood, otra leyenda de los años ’40 y ’50 del siglo XX. El Príncipe Valiente con los hipnóticos dibujos de Harold Foster, las aventuras de Bomba, y los clásicos de Stevenson y Julio Verne rellenaron la ya sobrecargada biblioteca de aquella casa de la calle Rioja en la ciudad de Rosario. Yo llegué a leer dos libros por día de la Colección Robin Hood. Después, de sorpresa en sorpresa, desembarqué en los policiales.

 

* Había leído cuentos de Edgar Allan Poe y alrededor de los 15 años entré en Arthur Conan Doyle (Sherlock Holmes), Agatha Christie (Poirot y Miss Marple), Rex Stout (Nero Wolfe y su asistente Archie Goodwin), S.S. Van Dine (Philo Vance) y Simenon (Maigret). El género policial, en todas sus variantes (pasaría después también con el descubrimiento un poco tardío de la novela negra, Dashiell Hammett y Raymond Chandler) le agrega a la tensión de la investigación y la aventura una estructura novelística ejemplar.

* Así como hice los 7 años de la escuela primaria en 9 colegios de Buenos Aires, hice los 5 años del colegio secundario en un solo colegio de Rosario. Con una familia cuasi disfuncional que me llevaba y me traía todo el tiempo entre las dos ciudades (en el borde de un título de Dickens) un día escribí mi primer cuento. Se llamaba Drama en las islas, transcurría en el Tigre y estaba marcado por la violenta influencia de Horacio Quiroga. Lo escribí con lápiz en hojas cuadriculadas cortadas de un cuaderno oficio con espiral (no pude olvidarlo). Y a ese le siguió otro de guerra quizás por el persistente influjo de Ernie Pike (Oesterheld & Pratt). Y a ese otro más. Fueron cuentos secretos que no leyó nadie. Una especie de iniciación que sólo yo conocía y que, en el mejor de los casos, sólo yo entendía. Mientras tanto, trasladado a Rosario a los 13 años, hice el secundario en la Dante Alighieri y comencé a estudiar abogacía a los 18… Pero un par de años después colgué la toga prematura y me pasé a Letras. Para los eslabones definitivamente sueltos de mi familia ya me había convertido en una rareza.

* Y ya escribía. No había pensado nunca hasta ese momento en la mitad de la adolescencia que lo que quería era escribir. Sobre todo y sobre todas las cosas yo quería escribir. Leer y escribir. Y eso se había ido configurando en mí sin que yo lo supiera. Nada en mi familia habría podido anunciar algo tan inesperado. Pero la cuestión era que yo ya escribía. Tenía una idea inicial y concreta de qué era contar una historia. No sabía nada, en cambio, acerca del estilo. Pero un día tan casual y tan exacto como cualquier otro llegué aFicciones de Borges, primero, y después a El Aleph, que descansaban en el tercer estante de la biblioteca, casi invisibles entre dos suntuosos diccionarios. En aquel momento (y creo que hoy también) si hubiera tenido que elegir entre esos dos libros me habría quedado con El Aleph. En el cuento que abre el libro, “El inmortal”, hay un hombre en una grieta de la montaña y está tan quiero (es inmortal) que un pájaro anida en su pecho… Esa imagen me taladró el cerebro. Y así, dejándome llevar, me detuve una y mil veces en frases como Adoctrinada por un ejercio de siglos, la república de hombres inmortales había logrado la perfección de la tolerancia y casi el desdén. Ahí estaba. Eso era un estilo, el contagioso pero irrepetible estilo de un enorme escritor. Todo consistía, entonces, en encontrar ahora una forma módica, si se quiere, pero propia.

fuente: http://blog.eternacadencia.com.ar/?p=20964&cpage=1#comment-27174

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