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sobre Haroldo Conti

Par larouge • Conti Haroldo • Dimanche 21/06/2009 • 0 commentaires  • Lu 1398 fois • Version imprimable



NOTAS EN ESTA SECCION
Haroldo Conti: Un homenaje merecido  |  Algo había hecho  |  Haroldo Conti entrevistado por Heber Cardoso y Guillermo Boido (1975)
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La noche del secuestro, por Marta Scavac  |  Desaparición de Haroldo Conti, Legajo Nº 77  |  Otra gente
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NOTA RELACIONADA
Mascaró, el cazador americano

Haroldo Conti nació en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, en 1925. Fue maestro rural, actor, director teatral aficionado, seminarista, empresario de transportes, piloto civil, profesor de filosofía y guionista (escribió con Nicolás Sarquis el guión cinematográfico de La muerte de Sebastián Arache y su pobre entierro, 1972-1976.)
Comenzó escribiendo teatro: Examinados (que fue seleccionada en 1955, para ser leída en el teatro Odeón). En 1960 su cuento "La causa" obtuvo una mención en la edición en español de la revista Life y dos años después Fabril Editora premió su primera novela, Sudeste, a la que le siguieron Alrededor de la jaula (1966, llevada al cine en 1977 por Sergio Renán con el título Crecer de golpe), En vida (1971) y Mascaró el cazador americano (1975, Premio Casa de las Américas) y los libros de cuentos Todos los veranos (1965), Con otra gente (1967) y La balada del álamo Carolina (1975). Según César Aira, "su narrativa es lírica, acuarelada, enigmática a fuerza de simplicidad". Colaboró en la revista Crisis y viajó a Cuba, donde participó como jurado del Premio Casa de las Américas. Haroldo Conti fue secuestrado en la madrugada del 5 de mayo de 1976 por una brigada del Batallón 601 de inteligencia del glorioso Ejército Argentino. Desde entonces continúa desaparecido. En 2000 se editó un libro sobre su vida: Haroldo Conti. Biografía de un cazador.


La mayoría de las imágenes fueron tomadas por Roberto Cuervo en 1975


 

Haroldo Conti: Un homenaje merecido

Por Eduardo Anguita

El 5 de mayo de 1976, cuando se cumplían 158 años del nacimiento de Carlos Marx y 161 de la muerte de Napoleón Bonaparte, un grupo del batallón 601 montó una trampa en la casita que el escritor Haroldo Conti tenía en la esquina de Fitz Roy y Humbolt, en pleno Villa Crespo. Los del 601 eran los de Inteligencia y el genial Conti, en esa oportunidad, no era más que un conejo al que los inteligentes cazarían para alimentar la máquina del terror. Marta Scavac, su compañera, estaba con él esa madrugada y dio testimonio de la salvajada: "Apenas entramos, unos diez hombres estrafalariamente vestidos con vinchas, gorras y ropas raras, se nos vino encima. Inmediatamente me ataron las manos detrás de la espalda y me cubrieron, con ropa, la cara y la cabeza. Escucho que hacen lo mismo con Haroldo; aunque él se resiste, no es fácil reducirlo, es muy fuerte, pero le dicen que se quede quieto por el pibe, se referían al bebito (Ernesto, hoy un periodista de 32 años). "Señora, ¿cómo una mujer de su clase se metió en esto?" le preguntó uno de los inteligentes. "Le pedí que me explicara quiénes eran, qué querían. Me respondió que estábamos en guerra" dijo Marta. "O nosotros los matamos o ustedes nos matan a nosotros" contestó el inteligente. "Escucho que sigue rompiendo papeles. Le suplico que no rompa el cuento que Haroldo estaba escribiendo. Después comprobé que dejó la máquina de escribir de Haroldo, junto al borrador del cuento, intacto. Quedó sólo eso sin romper como un símbolo en medio de la casa revuelta, como sacudida por un terremoto" recuerda su compañera años después (revista Crisis, abril de 1986). "Comenzó a molestarse cuanto me preguntó por qué había viajado a Cuba con Haroldo. Le dije el motivo, que Haroldo había sido jurado de novela de Casa de las Américas".
 

Conti estaba por cumplir 41: había nacido el día de la Patria, un 25 de mayo, en un pueblo de la Pampa tranquila, Chacabuco, donde había ejercido como maestro rural, actor y director de teatro. También fue comerciante y piloto de aviones, aficionado a la pesca y profesor de filosofía. Pero antes de cumplir los 30 se reveló como novelista: con Alrededor de la jaula ganó un premio de la Universidad de Veracruz, y luego ganó el premio de la revista Life y el premio Municipal de Buenos Aires. Pero fue con Mascaró, el cazador americano, que obtuvo su mayor reconocimiento: el Premio Casa de las Américas, cuya primera edición se hizo en Cuba en 1959, el año de la revolución. En ese 1975, cuando la Triple A organizaba sus ataques desde sedes policiales y de gobierno, los inteligentes ya observaban a Conti. La Dirección de Inteligencia de la Policía bonaerense tenía una división literaria destinada a espiar a personas como Conti. Según el legajo 2516 de los inteligentes, Mascaró "propicia la difusión de ideologías, doctrinas o sistemas políticos, económicos o sociales marxistas tendientes a derogar los principios sustentados en nuestra Constitución Nacional". Las actitudes del escritor –que se desprenden de la trama de la novela– son calificadas como apologéticas, respecto de los revolucionarios y guerrilleros, y como críticas o negativas, respecto de la represión, de la tortura indiscriminada y de la Iglesia Católica. Para demostrar que Mascaró había sido leído por algún entendido, el legajo señala que Mascaró "presenta un elevado nivel técnico y literario" y que Conti "luce una imaginación compleja y sumamente simbólica".

Otros inteligentes
 
 
Por entonces no era posible para muchos levantar la voz por la suerte de secuestrados como Conti. Dos semanas después de su secuestro, el sacerdote Leonardo Castellani –que conocía a Conti de su paso por el seminario- fue a almorzar con el dictador Videla en ese encuentro tremendo donde también estuvieron Ernesto Sábato y Jorge Luis Borges. Esa vez, tras la comida, Borges dijo lo que pensaba, tal como lo consignaba La Prensa del día siguiente: "Le agradecí personalmente el golpe del 24 de marzo, que salvo al país de la ignominia, y le manifesté mi simpatía por haber enfrentado las responsabilidades del gobierno". Castellani, que no comulgaba ideológicamente con Conti fue más valiente y pidió por el escritor. Algunos creen que Castellani pudo verlo, flaco y empalidecido, en los calabozos de la Policía Federal. La versión no tiene asidero, jamás Videla pudo haber autorizado una visita semejante, pero hay que destacarlo: mientras la jerarquía eclesiástica era partícipe del terror, un cura nacionalista pedía por la vida de un escritor revolucionario.

En la oscuridad del genocidio aparecen conductas que deberían oxigenarse con el correr de los años: el actor y dramaturgo Sergio Renán filmó Alrededor de la jaula después del secuestro de Conti. Es decir, mientras el Instituto de Cine estaba en manos del general de turno y la mayoría de los creadores y directores de cine se tenían que exiliar o desaparecían, a Renán le dieron autorización (y recursos) para llevar a la pantalla un cuento del escritor secuestrado y execrado por los militares. La película se estrenó en junio de 1977 y se llamó Crecer de golpe.

¿Cómo se puede explicar que Renán haya aceptado filmar a Conti mientras su familia y hasta un cura de derecha pedían por su paradero y él (Renán) ni tomaba contacto con ellos? Poco después del Mundial de Fútbol, Renán dirigió La fiesta de todos, una apología de la dictadura que no tiene desperdicios para quienes tengan el estómago duro. Fue, ni más ni menos, que propaganda a favor de Videla. En abril de 2007, cuando Renán estrenaba una película (Clarín, 13 de abril), Renán dijo: "En torno a esa película (La fiesta de todos) hay miradas profundamente parciales e injustas. Esa gente no tiene clara la alegría colectiva que se vivió en el Mundial 78 y que yo admito haber compartido. En cambio, nadie habla de Crecer de golpe, la película que hice sobre un texto de Conti, muerto por la dictadura. Crecer de golpe es mi película más querida". Por suerte, el periodismo y la narrativa enseñan a no calificar lo incalificable. Por suerte, este próximo miércoles 7 de mayo (2008), a las 13, en la Biblioteca Nacional, se hará un homenaje a Haroldo Conti. Allí estarán sus hijos Marcelo y Ernesto, su última compañera Marta Scavac, Hebe de Bonafini y el dirigente gremial Julio Piumato, preso político en aquellos años. Este recuerdo será el disparador, intenso, de dos días del seminario Cultura y medios en dictadura y en democracia. El recuerdo es bueno, en muchos aspectos, uno de ellos es para evitar las tergiversaciones o las películas más queridas de Renán.

Fuente: www.mediosydictadura.org.ar

Algo había hecho

Por Juan Sasturain

Ayer (11/05/08), sobre el cierre de la Feria del Libro, se presentó Haroldo Conti, alias Mascaró, alias la vida, un hermoso volumen de más de trescientas páginas que reúne segmentos narrativos y artículos periodísticos de, testimonios sobre, entrevistas y comentarios críticos a y algunas "cartas significativas" del autor de Sudeste, Alrededor de la jaula, La balada del álamo carolina y En vida, entre otras maravillas. Compilados por el inmejorable Eduardo Romano –tan riguroso en la lectura como afectivamente cercano al universo narrativo y personal de Conti–, los textos dan cuenta exacta de la riqueza del mundo del autor y de la multiplicidad de los posibles acercamientos. El volumen inaugura, además, la Colección Presencias, una propuesta conjunta de Editorial Colihue con las Ediciones del Centro Cultural de la Memoria, una institución que funciona precisamente en lo que alguna vez fue la tenebrosa ESMA y que hoy se llama, digna y justamente, Haroldo Conti. Nada menos, casi demasiado.

 

Precisamente eso. Cuando volvemos sobre estos temas y sobre ciertos autores que han quedado como víctimas emblemáticas del terrorismo de Estado hace algo más de treinta años –Urondo, Walsh, Oesterheld y Conti, principalmente– es inevitable, casi inconsciente, la sensación de algo ya transitado con reiteración, dicho, recordado y –de algún modo– archivado en el apartado mental "La Dictadura". Es alevosamente así. Los recordatorios y los aniversarios tienen, entre otras, la equívoca y probablemente inevitable característica de ir acumulándose como capas sucesivas que en lugar de iluminar con crudeza los hechos originarios, los mediatizan, los van convirtiendo en referencias mecánicas que se suponen consabidas: "Ah, sí... Haroldo Conti, un escritor desaparecido". Y en realidad la exclamación que debería despertarnos es otra: "Ah, no... ¿Haroldo Conti, desaparecido?" La pregunta que vuelve y vuelve es doble: cómo fue que llegamos a la situación en que semejantes cosas pudieran pasar y pasaron, y cómo es posible que al recordarlas no se nos mueva, no se nos siga moviendo el piso del buen sentido y la buena conciencia.

Este libro que lleva prólogo de Eduardo Jozami, responsable del Centro Cultural de la Memoria, contribuye seria y nada solemnemente a mantenernos inquietos y despiertos, con el piso bien movido. Lo primero que queda claro es que Haroldo Conti, confirmando sin paradojas el adagio, "algo había hecho". Por un lado, para hacerse lugar en la memoria amorosa y agradecida de los lectores de entonces y de hoy: ser uno de los mejores narradores de su generación; por otro, para que la dictadura lo considerara su enemigo: entregar su vida a la militancia revolucionaria.

Esas dos verdades aparecen transparentes, elocuentes como nunca, en un texto de algún modo increíble que este libro rescata: el informe anónimo que el "asesor literario" de la Secretaría de Informaciones del Estado (la tenebrosa SIDE), elaboró en 1975, aconsejando la prohibición –que se haría efectiva– de la novela Mascaró, el cazador americano. La tensión alevosa entre la seducción que opera sobre el funcionario-lector el maravilloso texto literario y los criminales imperativos de las razones de Estado es uno de los momentos más escalofriantes de este libro ejemplar.

Haroldo Conti no sólo lo ha escrito en parte; también lo habría leído.

Fuente: Página/12, 12/05/08

 

Haroldo Conti entrevistado por Heber Cardoso y Guillermo Boido (1975)

El escritor Haroldo Conti nació en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, el 25 de mayo de 1925. En 1940 ingresó en el Seminario Metropolitano Conciliar, de Villa Devoto, estudios que abandonó siete años más tarde, para ingresar en la Facultad de Filosofía y Letras donde se recibió en 1954. Realizó cursos de piloto civil y vuelos, y en 1952 obtuvo dos becas del Cine Club Gente de Cine trabajando como asistente de dirección. Fue maestro rural, director teatral, empresario de transportes, profesor de Filosofía y de Latín. En 1962, publicó su primera novela, Sudeste, por la que obtuvo el primer premio del concurso organizado por Fabril Editora. A esta novela, le siguieron Todos los veranos (1964), Alrededor de la jaula (1966), Con otra gente (1967) y En vida (1971). En 1971 realizó su primer viaje a Cuba como jurado de Casa de las Américas, viaje que produjo un viraje en su literatura: Conti señaló que Cuba constituyó "su primer contacto a flor de piel con América. Y eso me bastó para hacer una cosa distinta, una novela jubilosa, Mascaró, abierta, donde por primera vez los personajes no mueren. Decidí hacer una literatura con un sentido más americano, cosa que, en ese momento, estaba muy lejos de mí". En 1972 escribió el guión de cine de La muerte de Sebastián Arache y su pobre entierro, dirigida por Nicolás Sarquis y finalizada en 1977.


Comisión Provincial por la Memoria- Dossier Haroldo Conti

Esta entrevista, publicada bajo el título "Un simple trabajador", fue realizada el 15 de junio de 1975 con motivo de la aparición de su libro de cuentos La balada del álamo carolina. En ella, se perfila una imagen alternativa del escritor profesional, pues Conti se caracterizó por su ubicación externa a los círculos literarios y por una poética basada en la experiencia personal de los hechos narrados. Su literatura está ligada a una experiencia de vida que se supone transmutable a la escritura, en un intento imaginario de borrar las diferencias entre el arte y la vida.

Meses después de esta entrevista, publicó la novela Mascaró, el cazador americano, por la que obtuvo el premio Casa de las Américas. Al año siguiente, el 5 de mayo de 1976, fue secuestrado por la dictadura militar de su departamento de la calle Fitz Roy. Hasta el día de hoy, su nombre permanece en la lista de desaparecidos.

Heber Cardoso y Guillermo Boido colaboraron, a comienzos de los años setenta, en Crisis y La Opinión Cultural; posteriormente, fueron editores de la revista Ciencia Hoy. El periodista y crítico literario Heber Cardoso nació en Rocha, Uruguay, en 1946. Colaboró en diversas publicaciones periodísticas y dirigió la colección "Los grandes éxitos" en el Centro Editor de América Latina. El físico y poeta Guillermo Boido nació en Buenos Aires en 1941. Su primer libro de poemas, Situación, se editó en 1971. Luego publicó Poemas para escribir en un muro, Once poemas, el ensayo Einstein o la armonía del mundo, y los diálogos con Roberto Juarroz Poesía y creación. Actualmente, se dedica a la historia de la ciencia y la divulgación científica y ha publicado numerosos artículos en Análisis, Clarín, Hispamérica, El Ornitorrinco, entre otras publicaciones.

[Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero, Página/12, 18/01/06]


Entrevista

La Opinión, 15 de junio de 1975

¿Cómo Haroldo Conti vino a resultar un escritor?

Informe sobre Mascaró, el cazador americano, que da cuenta de como los organismos de inteligencia del Estado lo vigilaban, incluso con anterioridad al golpe de Estado. Fuente del documento: Comisión Provincial por la Memoria, que tiene bajo su custodia el archivo de la Dirección de Inteligencia de la Policía Bonaerense (DIPBA).

–Habría que contar la historia de uno mismo. La cosa empezó de esta manera. Yo era alumno de una escuela de pupilos. En aquel tiempo no había cine, y reemplazábamos esa diversión dominical con unas funciones de títeres. Yo me ocupaba de escribir los libretos que, como en todas las seriales, se acababan en el momento de mayor suspenso y se continuaban en el próximo domingo. Así nació en mí una parte de esa vocación por la literatura.

La otra parte se la debo a mi padre. El siempre fue un gran cuentero y lo es todavía. Es un hombre de pueblo que cuenta y cuenta cosas como toda la gente de pueblo, que a veces no tiene otra cosa que hacer. Mi padre era un viajante, un tendero ambulante y yo salía a recorrer el campo con él; se encontraba con la gente y antes de venderle nada se ponía a charlar y contar cosas. Así recibí ese hábito de contar oralmente.

Un día en el colegio de curas donde estudiaba, se me ocurrió escribir una novela misional, sobre aventuras de misioneros en tierras extrañas. La novela se llamaba Luz en Oriente. No me acuerdo si la terminé. Así fue naciendo la cosa. Después ingresé a la Facultad de Filosofía y Letras y hubo una época de silencio en la que me dediqué a estudiar y, voluntariamente, dejé todo ese tipo de inquietudes. Por ese camino acabé siendo un triste profesor de escuela secundaria. Hace veinte años que enseño latín. Después se me dio por el teatro. En aquella época estaban en boga los teatros independientes. La experiencia fue dramática: en esa época la Municipalidad de Buenos Aires había organizado jornadas de teatro leído en el Odeón. Se seleccionaban obras de autores noveles y se leían al público. Lo lamentable era que el público estaba constituido por aquellos que habían sido rechazados en el concurso. En cuanto los actores comenzaban con el parlamento, los del público, que estaban con una bronca negra, se levantaban y empezaban a despotricar contra la obra. Y eso fue lo que me pasó a mí y me borré para siempre del teatro. Por aquellos años conocí el Delta, uno de los metejones de mi vida, me dediqué a construir un barco, me fui metiendo muy adentro de un determinado mundo, fui conociendo la gente de la costa, los isleños, la gente de barcos. Y con toda naturalidad, mientras construía ese barco, surgió Sudeste. Así empezó todo.

–¿Sudeste es para usted su novela más importante?

–Es quizá la novela mía que más ha importado. Pero cada novela mía es un pedazo de mi vida, son vidas que he vivido con la misma intensidad con que se vive una vida. En la medida en que quiero esas vidas, quiero esas novelas. Ustedes saben que yo tengo un especial cariño por Alrededor de la jaula, a diferencia de lo que muchos lectores opinan.
 


Haroldo Conti seminarista

–Una vez usted dijo que En vida clausuraba una etapa de su obra.

–En parte sí. En el sentido de que me ayudó a superar esa crisis. Pero, además, hubo otras influencias literarias vitales. Viajé dos veces a Cuba y esa fue una experiencia decisiva. Creo que Mascaró y La balada del álamo carolina, las obras que aparecerán dentro de poco, son el resultado de esas influencias.

–¿Le hace feliz escribir?

–En absoluto. Es un gran dolor, un gran esfuerzo, inclusive físico. Me crea problemas personales, de relación; me vuelvo huraño, fastidioso. Escribo porque no tengo más remedio. Escribo o me muero. Es como estar embarazado, supongo. Después uno pare y se acabó. Se siente mejor, más aliviado.

–Cuando escribe, ¿piensa especialmente en algún tipo de lector?

–No lo sé bien. Faulkner, que tenía un concepto machista del asunto, decía que uno escribe para las mujeres. Yo vengo del cine, hago cine; como novelista me importa mucho precisar imágenes, formas, colores, sonidos, músicas. Incluso suelo pensar mis novelas en secuencias, no en capítulos. Bueno, a veces trato de imaginar a ese lector prototípico para el que escribo. Pero nunca puedo precisar del todo sus riesgos, su condición social, sus exigencias para conmigo. Quizás poco antes de morir venga y me diga: "Estuvo escribiendo para mí". Va a ser una experiencia interesante.

–¿Cómo llega a saber si un tema se convertirá en cuento o novela?

–No lo sé realmente, pero lo intuyo. Sé instintivamente cuándo un tema da para un cuento y otro para novela. La cosa es inapelable. Si una cosa se me da para cuento es inútil que la fuerce como novela. Son técnicas totalmente distintas; incluso mi estado de ánimo es totalmente distinto cuando escribo una novela. La novela es como una vida que tengo que vivir. En cambio si un cuento no lo escribo inmediatamente, de una vez, se me madura interiormente y después no me dice nada; ya me lo conté a mí mismo y ya no lo sé contar de otra forma. Se me maduró demasiado, se me pudrió. Tengo que estar dos días sobre la máquina y el cuento sale.

–A lo largo de su oficio se habrá preguntado muchas veces para qué sirve escribir.

–Por supuesto. Uno se pregunta si no es una tarea inútil la nuestra, eso de escribir fatigosamente, de atornillarse a una silla sin saber si vamos a trascender ese acto individual y llegar a un público. A veces ocurre que las ganas de escribir son como una enfermedad y uno escribe para curarse. He dicho muchas veces que yo no escribo la Historia sino las historias de las gentes, de los hombres concretos. Escribo para rescatar hechos, para rescatarme a mí mismo. Podría decirles más: creo que toda mi obra es una obsesiva lucha contra el tiempo, contra el olvido de los seres y las cosas. Uno siente que envejece, que se va y quiere que algunas cosas, de alguna manera, permanezcan. Es una cuestión, diríamos, metafísica, y determina todo lo que escribo.

Eso se ve claramente en Mi vida, que es un claro rescate del pasado. En esa novela puse a Alan Crosby, mi amigo del Tigre y lo llamé Paco. En la vida real, Alan Crosby no se salvó, ahí anda, borracho perdido. Yo quise rescatarlo en Paco, en esa figura literaria. Y en Mascaró, mi nueva novela, y en los cuentos que escribí en estos últimos tiempos incluyo abiertamente a mis amigos, a la gente que quiero. En Mascaró, por ejemplo, casi todos los personajes fueron elaborados a partir de amigos míos: Tony Beck, el Nene Bruzzone, el Capitán Alfonso Domínguez que murió hace años pero yo lo conservo vivo en esa novela, incluso le he dado un poco más de vida de la que tenía en la realidad. Es una manera de compartirlos con todo el mundo. Acabo de dedicar un cuento a mi tía Haydée, que representa mucho para mí; y pongo "A mi tía Haydée para que nunca se muera". Sé que ese cuento, de alguna manera, en alguna biblioteca va a sobrevivir y que de acá a cien años alguien va a abrir ese libro y ella va a estar viva, porque ahí en ese cuento la dejé viva para siempre. También yo me siento vivo en alguno de esos personajes, Oreste, por ejemplo, el protagonista de En vida.

–En alguna ocasión ha dicho que con En vida había terminado haciendo una literatura muy "individualista". ¿Qué significa eso?
El retrato postergado

Un film documental de Andrés Cuervo

El documental “El retrato postergado” gira en torno a la relación que tuvo el escritor desaparecido Haroldo Pedro Conti con un joven realizador cinematográfico llamado Roberto Cuervo, a mediados de la década del 70 en Argentina.

Haroldo recorre un período de viraje estético, en el que pasa de una literatura costumbrista a otra de alto compromiso político, cuando entabla amistad con Roberto quien comienza a filmarlo para componer un “retrato humano”.

Durante los años de la última dictadura argentina Haroldo es secuestrado y asesinado, sin conocerse aún datos de su destino ni del de sus restos.

Roberto Cuervo, por su parte, muere en un trágico accidente dejando solos a su mujer Cristina, viuda a los veinticinco años, y a su único hijo Andrés.

Hoy el tiempo ha pasado; Andrés Cuervo recupera el material filmado por su padre y completa la película dando cierre así al trabajo comenzado por Roberto hace treinta años.

www.elretratopostergado.blogspot.com

–Simplemente que estaba contando el drama de un pobre tipo y no el de un pueblo. La novela apareció en momentos en que en nuestro país ocurrían hechos sociales de enorme importancia. Algunos me acusaron de dar la espalda a la realidad del país; otros dijeron que la novela era francamente reaccionaria, porque yo me ocupaba de un problema individual en plena dictadura. A muchos amigos uruguayos, por ejemplo, la novela no les dijo nada, ellos estaban inmersos en el clima político de su patria, en la efervescencia militante. No fue así en España; claro, allá estaban en otra cosa. Pero creo que hay tiempos y estados de lectura, y con En vida sucedió esto: el tiempo de lectura no coincidió con el tiempo social. Tal vez más adelante pueda ser evaluada como hecho literario y no como desfasaje entre ambos tiempos.

–¿Para qué sirve, desde el punto social o político, contar el "drama de un pobre tipo"?

–A veces se habla de compromiso únicamente en términos políticos, como si el escritor debiera ser solamente el portaestandarte de una causa política. Uno se puede comprometer con un sistema político, pero también con un drama individual, por ejemplo el de un hombre que padece un cáncer o un drama amoroso. El hombre en su totalidad es una causa. Mucha gente habla de revolución y olvida que las revoluciones las hacen los tipos concretos. En En vida quise hacer la radiografía de un hombre del montón, jodido por esta sociedad, castrado en sus posibilidades de elegir.

Lo que algunos no vieron es que Oreste termina por hacer su elección, y eso está dicho explícitamente en el último párrafo. Hay en el protagonista una revolución interior, un cambio de actitud vital. Es el problema moral por excelencia: el de la libertad. Y es que la revolución empieza en el individuo, no se impone por decreto. Si en mi obra reciente, creo, aparece un mayor compromiso con lo social, eso ocurrió por añadidura, y me alegro. Pero no me lo propuse ex profeso. Por ejemplo, en uno de los cuentos, "Mi madre andaba en la luz", traté de contar el drama de un pueblito, Warnes. Sin abandonar mi tono, mis climas anteriores. Sigo creyendo que es una torpeza fijar de antemano el tipo de literatura que uno debe escribir. No puede haber otra preceptiva más que la que surge de la honestidad consigo mismo.

–Hay una polémica muy actual acerca de la condición del escritor. ¿Se considera un trabajador?

–Sí, acepto ese término.

–¿Aun en esta sociedad burguesa?

–Claro. Y creo que un trabajador no tiene privilegios en mérito a la función que cumple. Niego esa aureola, esa condición de aristócrata con que se han revestido muchos escritores burgueses. ¿Qué diferencia hay entre lo que hacía mi abuelo, que era carpintero, o mi padre, un tendero y vendedor ambulante, y lo que yo hago? Mi abuelo manejaba el serrucho y la garlopa; yo manejo mi máquina de escribir, mis ideas y un lenguaje. Ni siquiera estoy exceptuado del esfuerzo físico. No quiero que mi oficio me destaque o jerarquice: como dice Mario Benedetti, "no hay prioridades para el escritor". El único privilegio al que puedo aspirar es que algún día mis compañeros albañiles o mecánicos me reconozcan como uno de los suyos. Y así como alguien podrá decir "mi orgullo es ser albañil", yo diré "mi orgullo es ser escritor", el de construir historias tal como el albañil construye casas.

–¿Pero, en esta sociedad, acaso el escritor es tan explotado como un albañil?

–La explotación se manifiesta concretamente en la lucha diaria para sobrevivir. Hablo de la Argentina, caso que conozco bien. A los escritores nos trampean, nos amarran con contratos leoninos (si es que nos publican), nos arreglan con el famoso diez por ciento de tapa, no podemos controlar las ediciones ni los volúmenes de venta. Y los contratos son puramente formales. ¿No es una explotación como cualquier otra? Y no me pregunten si puedo vivir de la literatura de este modo. Está claro que no. Miren mi caso personal; tengo seis o siete premios internacionales y sin embargo mi ingreso fijo siguen siendo los doscientos mil pesos mensuales que gano como profesor de latín en una escuela secundaria. Otros halagos económicos no tengo. Me gusta viajar. Creo que para mi oficio es imprescindible conocer lugares y gentes. Viajaría eternamente, pero los viajes me los tengo que financiar yo, generalmente. De modo que un viaje hacia lo desconocido y maravilloso puede ser irme a mi pueblo, a doscientos kilómetros; es toda una hazaña, pero cuesta muchos pesos. Por eso es que no me queda más remedio que vender mi obra y discutir el precio.

 

Ni olvido ni perdón: justicia

Buenos Aires, 4 de mayo de 2006 (Por Marta Conti (*), especial para ANC-UTPBA).- El verano se ha dormido. Un viento fresco recorre la plaza de mayo en la madrugada. Allí estamos los tres. El brazo de Haroldo rodea mi espalda. Fuerte, protector en su ternura. Nuestro bebé duerme apretado contra mi pecho. Una mujer en soledad golpea un bombo peronista. Tiene muchos inviernos sobre su piel. Un cielo poblado de nubes ofrece sus matices blancos, celestes, azules hasta llegar a un negro intenso cargado de amenazas. El silencio nos une en un entenderse de almas.

Un helicóptero aparece de la nada. Revolotea cual ave de rapiña sobre nuestras cabezas. Lo vemos partir hacia la oscuridad. El sonido del miedo golpea las ventanas de las casas dormidas. Un gato espantado trepa hasta la copa de un árbol. Desde allí observa atentamente. Avanza con estudiada lentitud quedándose en la rama más alta, más segura. Memoria inteligente que le evita dificultades ya sufridas. La plaza ha quedado vacía. Nuestro hijo se sacude en llanto. Intento calmarlo. Llora más fuerte. Haroldo le habla suavemente.

Sus manos recorren su rostro sin tocarlo. Se miran fijamente. Me impactan sus miradas. Mi cuerpo entero es puro escalofrío. Haroldo besa mi frente. Sus ojos azules / siempre presentes en mi vida / me llevan por el camino de los sueños. Regresamos lentamente. Como queriendo detener el tiempo en ese mismo instante. Mis hijas nos esperan sin dormir. Y están abrazadas muy juntas en un rincón del sillón grande. Nadie habló. Ya estaba todo dicho no mucho antes de esa fatídica noche del 24 de marzo de 1976.

El teléfono comienza a sonar ininterrumpidamente. Así cada día, cada noche.

Se suceden las preguntas. No hay respuestas. Todavía hoy. ¿Por qué? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Dónde están? Los asesinos callan. Son cobardes. Tanta maldad no cabe en el infierno. Los ingleses se emborracharon de risas al ver sus lágrimas. No los soldaditos, ellos fueron víctimas todos de los mismos asesinos uniformados. Ellos se mimetizan en sus caras pintarrajeadas. Los detectamos por el olor que sale de sus entrañas cual ratas podridas en las cloacas. Es su hábitat. Cuevas tenebrosas donde no llega el sol. El sol es la vida. Lo que los señores mensajeros de la muerte no soportan. Son incapaces de ver un amanecer en su esplendor, de escuchar el canto de los pájaros, de amar hasta que el corazón duela.

Un remolino de perdidas me despinto el alma. Y yo aquí / en el camino / con todos en algún lugar/. La memoria intacta esperando en el vacío de mis manos. El dolor por las ausencias se anidó muy dentro de mí. Golpea duro. Como las injusticias que se siguen padeciendo. El país del por algo será, esta devastado. Tanta inocencia pisoteada en los niños sin futuro. Conmueve el total desamparo en la vejez. La impotencia es tan grande que a veces cierro las puertas al mundo y me refugio en el silencio que invento todavía.

Pero la vida es más que este momento. Es salir con el corazón bien puesto buscando señales que nos conduzcan a senderos nuevos aunque el pronóstico anuncie largos y fríos inviernos y el mar me siga siendo inalcanzable. Simplemente... porque allí no estarás...

La noche camina sola y ella tampoco escucha sus nombres (ANC-UTPBA).

(*) Compañera del periodista y escritor detenido-desaparecido Haroldo Conti

 

30 años del secuestro y desaparición de Haroldo Conti

Paisajes contra otra gente (*)

Buenos Aires, 4 de mayo de 2006 (por Néstor Restivo (**), especial para ANC-UTPBA).- Se perdía entre la gente como isleño en el Delta, como piloto civil, camionero, seminarista casi cura, bancario, maestro de grado, profesor de filosofía y latín, esgrimista, cineasta, cronista y náufrago en las costas uruguayas. Más en la línea viajera de Hemingway o Daylan Thomas que en la de Borges o Sábato:

"Yo soy escritor nada más que cuando escribo. El resto del tiempo me pierdo en la gente. Pero el mundo está tan lleno de vida, de cosas y sucesos, que tarde o temprano vuelvo con un libro".

Haroldo Conti (1925 – "desaparecido" por la dictadura militar en 1976) volvía, sí, de cada una de esas experiencias, con las novelas "Sudeste", "Alrededor de la jaula", "En vida" y "Mascaró, el cazador americano" o sus libros de cuentos "Todos los veranos", "Con otra gente" o "La balada del álamo Carolina", o sus relatos sueltos, o sus artículos en la revista Crisis. Pero volver a la literatura no era separarse de la gente. En sus libros, el paisaje estaba centrado en el hombre: el Boga de "Sudeste", el tío Agustín de "Las 12 a Bragado", el niño Milo de "Alrededor de la jaula" o el Oreste, el alter ego de Conti de "En vida" y "Mascaró, el cazador americano".
 

Haroldo Conti y el Padre Castellani

Corría el mes de mayo de 1976, la dictadura de Videla pretende inicar un acercamiento con las "fuerzas vivas" de la sociedad, realizando una serie de encuentros con intelectuales, periodistas, escritores, etc. Son invitados a almorzar con el dictador, entre otros, los escritores Borges, Sábato y el Padre Castellani. Nadie más alejado de la posición política de Haroldo Conti que el controvertido sacerdote nacionalista -que conocía a Conti por haber sido éste seminarista-, sin embargo el cura tuvo la osadía -entre los arrullos condescendientes y el chupamedismo extremo de Borges y Sábato- de pasarle al dictador un papelito con el nombre del recientemente desaparecido Haroldo Conti. Por supuesto no logró nada, solo la volátil e hipócrita promesa del genocida de ocuparse del caso. Pero el gesto honra al Padre Castellani.
Un paisaje que empieza en la riqueza y memoria cultural de un pueblo bonaerense y que se va desplegando hacia los ríos, el país profundo y, luego, el vasto territorio latinoamericano. Y que fluye desde, quizás, una resignada y piadosa desesperanza hasta el optimismo de su última novela, "Mascaró...", en los años de la utopía.

Pero es difícil encasillar a Conti en una estética realista-naturalista, mucho menos en el pintoresquismo. Su camino es el reconocimiento, primero, de una realidad al detalle, para aspirar entonces, desde los libros pero sobre todo desde su compromiso vital, a una transformación, a una trascendencia de lo humano.

También es difícil encasillar a Conti en una generación. Comenzó a publicar a comienzos de la década del setenta, ¿pero se lo puede referir como un escritor integrante de la llamada Generación del cincuenta y cinco? Es cierto que coincidió temporalmente con aquellos escritores, influido por las mismas variables político-culturales: la caída del peronismo, cierta incidencia sobre todo de las narrativas de Estados Unidos, Francia y España, la Revolución Cubana, el boom de la novela latinoamericana y el auge del marxismo en la región, los debates (o la actitud "parricida") con Borges y Cortázar...

Pero todo esto se hace relativo frente a una escritura donde la relación entre el paisaje y los humanos va más allá de cualquier realismo o costumbrismo, donde la clave pasa por esa "entrañable comprensión de la cultura popular más que nada suburbana, de esa zona fronteriza entre las grandes ciudades y lo propiamente campesino", donde "bajo la aparente inmovilidad provinciana subyacen tensiones a menudo inadvertidas para ojos poco sagaces, como por ejemplo las que provienen de los sucesivos desencuentros y reencuentros entre el ritmo de la vida humana y el de la naturaleza".

Tuvo dos mujeres, dos hijos, una hija y amigos por donde quiera que hubo andado. Conoció premios importantes en la Argentina, en América latina y en Europa. Tenía 50 años cuando se lo llevaron, como a Walsh, Santoro, Bustos, Dorronzoro, "Pirí" Lugones y tantos otros. Su amigo, el escritor Humberto Constantini -con quien alguna vez se peleó en la SADE para convertirla en una herramienta del cambio que buscaban- imaginó, al volver del exilio, que si Conti hubiera seguido viviendo, su narrativa se habría volcado a los paisajes del mar. Otro amigo, Aníbal Ford, aventura que habría continuado con algo que ya había comenzado a experimentar: una poética que se traspasaba de la literatura al periodismo y otras formas de testimonio.

"Mis novelas -afirmó Haroldo una vez- son bastante testimoniales, aunque uno al decir testimonial piensa enseguida en el testimonio de un marco social o político. Yo doy el testimonio de un hombre, y a través de él enfoco el contorno; generalmente doy testimonios de soledades. Creo que tocando la soledad de un hombre, se toca la soledad de muchos o quizá de todos".
 

Su fin prematuro e impune impide corroborar estas hipótesis sobre un desarrollo literario ulterior. Pero su historia y sus libros permiten saber que el compromiso de Haroldo Conti existió a lo largo de toda su vida, solitario, en los hechos más básicos y por lo mismo más genuinos de la vida cotidiana.

Hacia sus últimos años, Conti buscó su camino en una lucha política clara, abierta y definida; apoyó la Revolución Cubana, cuyo descubrimiento in situ lo deslumbró, y la tarea del sindicalista Agustín Tosco y los frentes legales que adherían al Partido Revolucionario de los Trabajadores en la Argentina. Pero quienes conocieron a Haroldo afirman que estaba en las antípodas del dogmatismo. Como su literatura, Conti era un humanista. Como narrador, un regalador incurable de solidaridades sin banderías:

"Me reconozco en las pequeñas cosas y las pequeñas vidas sin residuo de historia. En el inmenso tejido de los acontecimientos, de los gestos y de las palabras de que está compuesto el destino de un grupo humano. Prefiero quedarme, a riesgo de perderme con ellos, con el gesto y la palabra y no con el resumen, el hito o la pauta. Y acaso parte del compromiso o de la tarea consiste en eso. En contar una historia de los hombres y no la Historia a sacas" (ANC-UTPBA).

(*) Del libro "Historia crítica de la literatura argentina".
(**) Periodista, se desempeña en el diario Clarín.

 

La última y mala noticia sobre Haroldo Conti

Por GABRIEL GARCIA MARQUEZ

5 de mayo de 1976: desaparece Haroldo Conti

A Haroldo Conti, que era un escritor argentino de los grandes, le advirtieron en octubre de 1975 que las fuerzas armadas lo tenían en una lista de agentes subversivos. La advertencia se repitió por distintos conductos en las semanas siguientes y, a principios de 1976, era ya de dominio público en Buenos Aires. Por esos días, me escribió una carta a Bogotá, en la cual era evidente su estado de tensión. "Martha y yo vivimos prácticamente como bandoleros", decía, "ocultando nuestros movimientos, nuestros domicilios, hablando en clave". Y terminaba: "Abajo va mi dirección, por si sigo vivo". Esa dirección era la de su casa alquilada en el número 1205 de la calle Fitz Roy, en Villa Crespo, donde siguió viviendo sin precauciones de ninguna clase hasta que un comando de seis hombres armados la asaltó a medianoche, nueve meses después de la primera advertencia, y se lo llevaron vendado y amarrado de pies y manos, y lo hicieron desaparecer para siempre. Haroldo Conti tenía entonces 51 años, había publicado siete libros excelentes y no se avergonzaba de su gran amor a la vida. Su casa urbana tenía un ambiente rural: criaba gatos, criaba palomas, criaba perros, criaba niños y cultivaba en canteros legumbres y flores. Como tantos escritores de nuestra generación, era un lector constante de Hemingway, de quien aprendió además la disciplina de cajero de banco. Su pensamiento político era claro y público, lo expresaba de viva voz y lo exponía en la prensa, y su identificación con la revolución cubana no era un misterio para nadie.
 

Desde que recibió las primeras advertencias tenía una invitación para viajar a Ecuador, pero prefirió quedarse en su casa. "Uno elige", me decía en su carta. El pretexto principal para no irse era que Martha estaba encinta de siete meses y no sería aceptada en avión. Pero la verdad es que no quiso irse. "Me quedaré hasta que pueda, y después Dios verá", me decía en su carta, "porque, aparte de escribir, y no muy bien que digamos, no sé hacer otra cosa". En febrero de 1976, Martha dio a luz un varón, a quien pusieron el nombre de Ernesto. Ya para entonces, Haroldo Conti había colgado un letrero frente a su escritorio: "Este es mi lugar de combate, y de aquí no me voy". Pero sus secuestradores no supieron lo que decía ese letrero, porque estaba escrito en latín.

El 4 de mayo de 1976, Haroldo Conti escribió toda la mañana en el estudio y terminó un cuento que había empezado el día anterior: A la diestra. Luego se puso saco y corbata para dictar una clase de rutina en una escuela secundarla del sector, y antes de las seis de la tarde volvió a casa y se cambió de ropa. Al anochecer ayudó a Martha a poner cortinas nuevas en el estudio, jugó con su hijo de tres meses y le echó una mano en las tareas escolares a una hija del matrimonio anterior de Martha, que vivía con ellos: Myriam, de siete años. A las nueve de la noche, después de comerse un pedazo de carne asada, se fueron a ver El Padrino II. Era la primera vez que iban al cine en seis meses. Los dos niños se quedaron al cuidado de un amigo que había llegado esa tarde de Córdoba y lo invitaron a dormir en el sofá del estudio.

Cuando volvieron, a las 12.05 horas de la noche, quien les abrió la puerta de su propia casa fue un civil armado con una ametralladora de guerra. Dentro había otros cinco hombres, con armas semejantes, que los derribaron a culatazos y los aturdieron a patadas.

El amigo estaba inconsciente en el suelo, vendado y amarrado, y con la cara desfigurada a golpes. En su dormitorio, los niños no se dieron cuenta de nada porque habían sido adormecidos con cloroformo.

Haroldo y Martha fueron conducidos a dos habitaciones distintas, mientras el comando saqueaba la casa hasta no dejar ningún objeto de valor. Luego los sometieron a un interrogatorio bárbaro. Martha, que tiene un recuerdo minucioso de aquella noche espantosa, escuchó las preguntas que le hacían a su marido en la habitación contigua. Todas se referían a dos viajes que Haroldo Conti había hecho a La Habana. En realidad. había ido dos veces -en 1971 y en 1974-, y en ambas ocasiones como jurado del concurso de La Casa de las Américas. Los interrogadores trataban de establecer por esos dos viajes que Haroldo Conti era un agente cubano.

A las cuatro de la madrugada, uno de los asaltantes tuvo un gesto humano, y llevó a Martha a la habitación donde estaba Haroldo para que se despidiera de él. Estaba deshecha a golpes, con varios dientes partidos, y el hombre tuvo que llevarla del brazo porque tenía los ojos vendados. Otro que los vio pasar por la sala, se burló: "¿Vas a bailar con la señora?". Haroldo se despidió de Martha con un beso. Ella se dio cuenta entonces de que él no estaba vendado, y esa comprobación la aterrorizó, pues sabía que sólo a los que Iban a morir les permitían ver la cara de sus torturadores. Fue la última vez que estuvieron juntos. Seis meses después del secuestro, habiendo pasado de un escondite a otro con su hijo menor, Martha se asiló en la Embajada de Cuba. Allí estuvo año y medio esperando el salvoconducto, hasta que el general Omar Torrijos intercedió ante el almirante Emilio Massera, que entonces era miembro de la Junta de Gobierno Argentina, y éste le facilitó la salida del país.

Quince días después del secuestro, cuatro escritores argentinos -y entre ellos los dos más grandes- aceptaron una invitación para almorzar en la casa presidencial con el general Jorge Videla. Eran Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Alberto Ratti, presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, v el sacerdote Leonardo Castellani. Todos habían recibido por distintos conductos la solicitud de plantearle a Videla el drama de Haroldo Conti. Alberto Ratti lo hizo, y entregó además una lista de otros once escritores presos. El padre Castellani, entonces tenía casi ochenta años y había sido maestro de Haroldo Conti, pidió a Videla que le permitiera verlo en la cárcel. Aunque la noticia no se publicó nunca, se supo que, en efecto, el padre Castellani lo vio el 8 de julio de 1976 en la cárcel de Villa Devoto, y que lo encontró en tal estado de postración que no le fue posible conversar con él.

Otros presos, liberados más tarde, estuvieron con Haroldo Conti. Uno de ellos rindió un testimonio escrito, según el cual fue su compañero de presidio en el campo de concentración de la Brigada Gómez, situada en la autopista Richieri, a doce kilómetros de Buenos Aires por el camino de Ezeiza. "En mayo de 1976", dice el testimonio, "Haroldo Conti se encontraba en una celda de dos metros por uno, con piso de cemento y puerta metálica. Llegó el día 20. Dijo haber estado en un lugar del Ejército, donde lo pasó muy mal. Dijo que se había quedado encerrado en un baño, donde se desmayó. Apenas sí podía hablar y no podía comer. El día 21 pudo comer algo. Se ve que andaba muy mal porque le dieron una manta y lo iban a ver con frecuencia. En la madrugada del día 22 lo sacaron de la celda. Parece que lo iban a revisar o algo así. Estaba muy mal y no retenía orines". El testigo no lo volvió a ver en la prisión. No ha habido gestión, ni derecha ni torcida, que la esposa y los amigos de Haroldo Conti no hayamos hecho en el mundo entero para esclarecer su suerte.

Hace unos dos años sostuve una entrevista en México con el almirante Emilio Massera, que ya entonces estaba retirado de las armas y del Gobierno, pero que mantenía buenos contactos con el poder. Me prometió averiguar todo lo que pudiera sobre Haroldo Conti, pero nunca me dio una respuesta definitiva. En junio de 1980, la reina Sofía de España viajó a Argentina al frente de una delegación cultural que asistió al aniversario de Buenos Aires. Un grupo de exiliados le pidió a algunos miembros de la comitiva que intercedieran ante el Gobierno argentino para la liberación de varios presos políticos prominentes. Yo, en nombre de la Fundación Habeas, y como amigo personal de Haroldo Conti, les pedí una gestión muy modesta: establecer de una vez y para siempre cuál era su situación real. La gestión se hizo, pero el Gobierno argentino no dio ninguna respuesta. Sin embargo, en octubre pasado, cuando ya estaba decidido su retiro de la presidencia, el general Jorge Videla concedió una entrevista a una delegación de alto nivel de la agencia Efe, y respondió algunas preguntas sobre los presos políticos. Por primera vez habló entonces de Haroldo Conti. No hizo ninguna precisión de fecha, ni de lugar ni de ninguna otra circunstancia, pero reveló sin ninguna duda que estaba muerto. Fue la primeraivnoticia oficial, y hasta ahora la única. No obstante, el general Videla les pidió a los periodistas españoles que no la publicaran de inmediato, y ellos cumplieron. Yo considero, ahora que el general Videla no está en el poder, y sin haberlo consultado con nadie, que el mundo tiene derecho a conocer esa noticia.

Copyright 1981, Gabriel García Márquez

Haroldo

Por David Viñas

Confuso privilegio ser sobreviviente. En especial cuando a uno –en este caso, a mí– le piden que tome la palabra para saludar a alguien que ya no está. Nada menos que "hacer uso de la palabra" en relación a una persona ausente de manera definitiva, tratando de convocar una presencia que participe de lo episódico y la congoja. Un conjuro, en realidad, frente a los agravios del olvido.

Trato de ser muy claro: el elogio de sus libros (Sudeste o El álamo carolina) resultaría tan intenso que, eventualmente, pudiera ser recibido como una apología. Y las apologías no son mucho más que una colección de ripios, enfáticos a simple enunciado. O como un epitafio con signos de admiración. Exorcismo, entonces, de encomios o alabanzas. Al fin de cuentas, si algo resuena como lo más opuesto a las cortesías es la apelación al luto. Un duelo que nada tiene de rezongo y mucho menos de victimismo. Y en eso estamos aquí.

Aludí al dilema de un sobreviviente como yo. Desde el otro extremo del panegírico me hacen señas varias discordancias. Y aclaro aún más: disconformidad en relación a la piadosa –crédula, incauta– confianza de Haroldo hacia compatriotas que él creía personas y no eran más que traficantes.

De donde se sigue, ni elogios legítimos ni reproches fraternales. Pero del dilema inicial (eso sí, y para trascenderlo) pasar a la diatriba frente a quienes merodearon a Haroldo abusando de su religiosa –tal cual– credulidad que renegaba de virtudes oficiales: infidentes, obscenos amenos bastardos, impostores diestros y veloces, yesmen para lo que les mandaran; y en plano inclinado, espías delatores y verdugos. Las diatribas, menos mal, son un género muy transitado por las indignaciones tan clásicas como genuinas; extensas, en absoluto monótonas, con una inventiva ultrajantemente equitativa, certeza mediante irrebatibles juicios fidedignos. Y que suelen especializarse en figurones impávidos y serviciales. La memoria de Haroldo Conti se transforma así en querella de vestales canonizadas.

Pero, dos cosas para destacar –brevemente– como jubiloso desagravio ante todas esas miserias: primero el viaje que hicimos juntos con Haroldo y, después, uno de sus libros fundamentales.

Salimos de La Habana en uno de aquellos aviones vetustos, obstinados a los que llamaban –creo recordar– Britanias con cuatro hélices aún y con la mitad de la cabina de pasajeros "despejada" para hacerles lugar a cajas, bultos y demás correos. Haroldo y yo íbamos sentados con las rodillas recogidas a la altura del pecho. Bien. Abajo y de un tajo. El portaba una especie de cañón de aluminio relleno con afiches del nuevo cine cubano; yo, apenas si un cenicero con el emblema de cierto hotel y destinado a una amiga del barrio de Boedo. Haroldo me lo reprochó. Aeropuerto de Terranova: Haroldo descifraba un monumento a la Queen of England mientras yo me resbalé en la pista helada tratando de no resultar demasiado sentimental. En Irlanda los dos nos descubrimos más corroborados al verificar el mítico verde calumniado por Oscar Wilde, Shaw y el Ulises. En Praga abundamos sobre Kafka y en torno al socialismo centroeuropeo. Y nos desquitamos en Madrid encarnizándonos con el Generalísimo. Haroldo hablaba con fervor de Buenos Aires eludiendo, reposadamente, toda pasión argentina.

Por eso, de Sudeste quisiera sugerir: se equivocan quienes lo emparentaron con El viejo y el mar; no se trata en Haroldo del Caribe transparente sino del Paraná embarrado que finge mansedumbre alterada por bruscos arrebatos a lo Horacio Quiroga. El río es tiempo que fluye y cuerpo (herida, pejerrey y agobio) del protagonista, que suele empecinarse en trabajos robinsonianos o en fantasmas en un delta grotescamente alucinado, a lo Fermín Eguía. Sudeste "elemental" con agua, desde ya, fuego, zanjas yventarrones. Comarca primordial marcada por faenas y sabidurías que siempre aluden o preanuncian la presencia de la muerte.

La muerte, muertes, en Sudeste y en los otros libros de Haroldo Conti (baladas, jaulas y cazadores), casi siempre aparecen como ecos, ráfagas, amagos o inscripciones en la corteza de los árboles. Es que los epitafios de Haroldo fundamentalmente son vegetales. La piedras entre nosotros resultan mojones o se llaman Walsh, Ortega Peña, Paco Urondo. Invictos. Como Haroldo Conti, más sosegado pero también invicto.

Página/12, 04/05/06

 

La noche del secuestro

Haroldo Conti fue secuestrado en la madrugada del 5 de mayo de 1976 por una brigada del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército Argentino. Desde entonces continúa desaparecido.

Por Marta Scavac

Apenas entramos, unos diez hombres estrafalariamente vestidos con vinchas, gorras y ropas raras, se nos vino encima. Inmediatamente me ataron las manos detrás de la espalda y me cubrieron, con ropa, la cara y la cabeza. Escucho que hacen lo mismo con Haroldo; aunque él se resiste, no es fácil reducirlo, es muy fuerte, pero le dicen que se quede quieto por el pibe, se referían al bebito. Escucho luego un ruido de cadenas. Pasados los primeros momentos de sorpresa yo también intento resistirme, pero las dos personas que me sujetaban me arrojaron al piso y comenzaron a patearme y a gritarme que me quede quieta. No sabía de qué se trataba. Pensé que era un asalto porque escuché cómo revisaban toda la casa y rompían objetos, quizá buscando dinero. Les dije que no teníamos dinero, que no era una casa de ricos, pero seguían buscando y rompiendo. El otro muchacho gritaba, les decía "dejen a la señora, cobardes, ella no tiene nada que ver, no le peguen, déjenla" y le respondían con fuertes golpes. También pedía agua, aterrada alcancé a pedirles que le diesen agua, que no le pegasen. Él reclamaba por la Convención de Ginebra. Ahí mi desconcierto era total. No entendía qué decía al mencionar la Convención de Ginebra. No entendía nada de toda esa pesadilla espantosa.

Carta a Roberto Fernández Retamar (1)

Buenos Aires, 2 de enero de 1976

Roberto, hermano:

Espero que esta carta llegue a tus manos en alguna for­ma y que algunos meses después llegue a las mías tu res­puesta. Es increíble cómo la distancia nos separa. Este año que pasó casi no hemos tenido señales de vida de la Casa, salvo las formales. Yo sé que ustedes nos piensan más de una vez y esa idea nos sostiene. Nosotros los pensamos casi a diario y necesitamos repetirnos constantemente que Cuba está ahí, en nuestra misma América, y que hay una porción de tierra liberada y ahí están nuestros hermanos.

Me dijo Marta que le dijo Gustavo Hernández, de la em­bajada, que según una carta de Beba yo daba por sentado que este año iba a La Habana. No sé de dónde salió eso pero juro que jamás se me cruzó por la cabeza. Para mí lo que de­cidan los compañeros está siempre bien porque se hace de acuerdo a los intereses de la Revolución. Así trabajamos aquí noche y día y esto nos salva del individualismo y las decisiones personales tan funestas a menudo. Por otra parte mi mayor alegría es que viaje allí gente nueva para que eso se conozca cada vez más. Sé lo bien que le hace a los compañeros y ojalá que pudiesen ir todos. Muchos se lo merecen y lo necesitan más que yo, inclusive para salvar sus vidas. Quiero que esto quede claro.

En cuanto a la situación aquí, las cosas marchan de mal en peor. Me acaba de informar muy confidencialmente […] [un amigo] militar, que se espera un golpe sangriento para marzo. Inclusive los servicios de inteligencia calculan una cuota de 30 mil muertos. Esto coincide con las apreciaciones de nuestros compañeros que evalúan la situación constantemente. Desde el punto de vista de la lucha revolucionaria el aumento de nuestras fuerzas es notable y la preparación magnífica. Ellos lo saben. Calculamos que los que van a sufrir el golpe serán los compañeros de superficie, los niveles medios que se mueven a dos aguas. Nosotros ya nos hemos mudado de casa, por imposición de los compañeros, pero eso no será suficiente. En este mismo momento las Fuerzas Ar­madas están haciendo un operativo rastrillo a pocas cuadras de aquí. Por otra parte nuestra casa, por lo amplia y desapercibida, sirve a menudo de refugio a compañeros que están con problemas. Ahora mismo habita aquí la hermana de un compañero que cayó los otros días en el ataque al Batallón 601 y hasta hace poco vivía uno de los muchachos del Teatro Libre que huyó de Córdoba después de haber caído su departamento en un allanamiento que observó desde la calle, por suerte. Mi señora, a pesar de su avanzado estado de gravidez, cumple una tarea agotadora de asistencia y atención por caídos y presos. Hay caídos a diario y esa gente necesita atención, mover a medio mundo para ubicarlos y luego que no los maten. Recién nos enteramos de que una caída se sal­vará con 15 millones de pesos como coima y ayer tuvimos no­ticias de un compañero de Crisis que desapareció hace 15 días. Está vivo, aunque deshecho.

Bueno. Otra cosa, para no alargarme demasiado, hermano. Mascaró está prácticamente agotado. Tuvo gran éxito de lectores pero los diarios y revistas no hablan de él por razo­nes políticas. Soy una especie de contagioso. Sé de algunos órganos donde hubo órdenes expresas de ignorarme. Es cu­rioso recibir notas desde el exterior y no tener una sola en mi país. A propósito, me sería de utilidad recibir cuanto re­corte haya de La Habana. Crisis reproduce lo que puede y se proyecta una campaña con ese material para la reedición en marzo.

A propósito de Crisis, que se vende muy bien y es lo úni­co que sobrevive, Federico Vogelius, su director propietario, piensa realizar para marzo una gira por Latinoamérica. Na­turalmente quisiera entrar en Cuba y establecer relaciones con la Casa para ediciones, etc. Si bien es un hombre rico, es progresista y ayuda mucho. Se puede contar con él amplia­mente. No hace todo esto por dinero sino que le interesa apo­yar toda actividad cultural. Me pide que vea si se puede arreglar su viaje a través de la Casa. Creo que importa.

Para terminar. Sudamericana saca un libro con colaboraciones de todo el mundo (Cortázar, García Márquez, etc.) cu­yos beneficios serán dedicados a los presos políticos. Se vería con agrado y me piden que te pida una colaboración tuya (poesía, relato, lo que sea) y de ser posible la de algún otro notable (Guillén, Carpentier, etc.).

Te abraza
Haroldo
 

(1) Roberto Fernández Retamar, doctor en Filosofía y Letras (1954) y en Ciencias Filológicas (1985) por la Universidad de La Habana. Fundador de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y de la revista Unión (1962). En 1977 recibe el Premio Latinoamericano de Poesía Rubén Darío por Juana y otros poemas personales. Doctor Honoris Causa por la Universidad de Sofía, Bulgaria (1988), y por la Universidad de Buenos Aires, Argentina (1993), preside la revista Casa de las Américas y es profesor Emérito de la Universidad de La Habana.

Distinguía dos voces entre todas, las del que al parecer dirigía todo, el "malo" del grupo, y otra suave, la del "bueno" que me sacó del comedor y me llevó al escritorio. Se notaba que era una persona con cierto nivel cultural y en todo momento tuvo un trato muy especial conmigo. Lo escuchaba romper papeles. afiches que teníamos en las paredes, me decia: "señora, ¿cómo una mujer de su clase se metió en esto?". Le pedí que me explicara quiénes eran, qué querían. Me respondió que estábamos en guerra: "o nosotros los matamos o ustedes nos matan a nosotros". Le respondí que nosotros no matábamos a nadie, que yo no conocía ninguna guerra en nuestro país. Escucho que sigue rompiendo papeles. Le suplico que no rompa el cuento que Haroldo estaba escribiendo. Después comprobé que dejó la máquina de escribir de Haroldo, junto al borrador del cuento, intacto. Quedó sólo eso sin romper como un símbolo en medio de la casa revuelta, como sacudida por un terremoto.

Me preguntó de dónde veníamos. Le respondí que del cine y que en el abrigo estaba el programa. Comenzó a molestarse cuanto me preguntó por qué había viajado a Cuba con Haroldo. Le dije el motivo, que Haroldo había sido jurado de novela de Casa de las Américas. Me reprochó por qué no viajaba a Estados Unidos y le respondí que sí había viajado a ese país, y que podía comprobarlo en el pasaporte. Censuró además mi colaboración con Haroldo en la novela "Mascaró" y le pregunté qué tenía en contra de la novela. Me respondió que era una novela subversiva e insistió en por qué había colaborado en eso. Le expliqué que trabajaba junto a mi marido ayudándolo en su tarea de escritor. Simultáneamente escuchaba cómo el "malo" le hacía preguntas a Haroldo. No podía distinguir bien las preguntas y respuestas, aunque se filtró la voz del "malo" diciendo: "Don Haroldo ¿por qué se metió en esto? Lo va a pagar caro". Me aterroricé al escuchar esto y le pregunté al "bueno" qué estaba pasando, qué pasaba con mi marido, por qué le decían eso. No me responadió. Seguía revisando papeles. Yo escuchaba el ruido de los libros contra el suelo.

Interrumpió el "malo" para preguntarme sobre un escrito taquigráfico que había en mi cartera. Yo, por los nervios, no podía recordar de qué se trataba. Como soy taquígrafa, así se lo expliqué, muchas de las notas que hacíamos con Haroldo para la revista las escribía yo. Uno de ellos dice que les estoy tomando el pelo. que voy a hablar cuando me lleven. Era desesperante, mi impotencia era total, no sé si me creyeron, pero yo les decía la verdad.

Me preguntaban sobre la vida del muchacho que estaba en la casa. Yo no sabía nada de él, solamente que vivía en Córdoba y que estaba de paso por la Capital, que nos había pedido estar unos días en casa mientras buscaba buenos precios porque trabajaba de decorador y hacía los arreglos de escenografía en teatros de Córdoba. Les expliqué que eran frecuentes las visitas y que yo no tenía tiempo, por el trabajo de la casa y los chicos, de conocer la vida de cada uno. Me decían que era un guerrillero, yo les preguntaba de dónde, yo no conocía su vida íntima y seguían insistiendo en que era un subversivo, que por qué estaba en mi casa. Otra vez trataba de explicarles como podía la presencia de esta persona en casa. que era muy correcto, muy bueno.

Comienza a llorar el nene. Les pido que me dejen ir con mi hijo que lloraba de hambre. Haroldo escucha y grita: "dejen que la madre esté con el nene dejen a mi mujer dejen que le dé la mamadera". El "bueno" me pregunta cómo se prepara y cuando termino de darle las indicaciones, dice que me quede tranquila que él va a atender a Ernestito. Uno de los sujetos encuentra unas fotos que Federico Vogelius nos había sacado. a mí y al nene, dos meses atrás en Claromecó. Me dice qué lindo pibe tenía, qué linda que estaba yo en esa foto, qué bien que habíamos salido madre e hijo. Vuelve a preguntarme que cómo era que me había metido en esto. Vuelvo a decirle que yo no estaba metida en nada que nuestra vida era pública, normal que todo era perfectamente legal, que no teníamos que ocultar nada. Se aleja y me doy cuenta de que estoy sola en el escritorio. Seguía escuchando cómo rompían los jarrones de adorno y me doy cuenta que sacan cosas de la casa, que se llevan los muebles. Ahí me confundo de nuevo pensando que podía tratarse de ladrones comunes. Vuelve el bueno y me pregunta qué temperatura debe tener la leche para el nene. yo le explico y le vuelvo a pedir que me deje atender a mi hijo. Me dice nuevamente que eso no podía ser, que me quedara tranquila, que él se había hecho cargo. Me quedé con la sensación de que él era padre o estaba por serlo. Estaba desconcertada. Seguían llevándose cosas y no entendía cómo podían actuar tan tranquilamente, siendo que la comisaría 29a. estaba a menos de dos cuadras y el patrullaje por esta zona era frecuente. Lo que para nada era común era una mudanza a estas horas de a noche. Confiaba en que alguien se diera cuenta de la situación y que interviniera. pero no pasó nada.

Ya no escucho llorar al bebé. El "bueno" viene a decirme que me quede tranquila que Ernestito había comido. Le pregunto por mi hija, no entendía cómo tanto ruido no la había despertado. Me dice que está bien, que no me preocupe. Vuelve el "malo" y me informa: "nos llevamos a su marido porque tenemos unas cuantas preguntas que hacerle. Yo le respondo que había escuchado toda la noche cómo lo interrogaban y que si querían continuar con las preguntas que lo hicieran en casa. El "malo" pierde el control otra vez y me insulta, me grita, me amenaza. Interviene el "bueno" pidiendo que me deje tranquila. Escucho que hablan entre ellos. No entiendo lo que dicen. Se filtran unas palabras: "no, no tenemos lugar, el coche está completo". Yo seguía a los pies de ellos. tirada. atada y encapuchada. De pronto se acerca nuevamente el "malo" y me dice: "bueno, hemos decidido llevarnos a Haroldo y vos te quedás piola, no intentés escapar porque dejamos un coche en la puerta y en cuanto asomés la cabeza te limpiamos". Les pido nuevamente que no se lo lleven. Fueron inútiles mis ruegos.

Cuando comprendí que no podía convencerlos de que lo dejaran, les pedí que se llevasen los remedios que Haroldo tomaba desde que un patrullero lo había atropellado en diciembre del '73. Me preguntan dónde están esos remedios y les digo que en la mesita de luz. No me responden. En un momento de desesperación les grité que quería despedirme de mi marido. Interviene el "bueno" y me dice: "yo la voy a llevar señora" . Sigo sus pasos porque, lógicamente, no veía nada. En el trayecto uno de ellos le dice al que me llevaba: "¿vas a bailar el vals con la señora que está tan elegante?". Yo imagino que estaría muy elegante después de haber estado en manos de ellos. Seguimos caminando hasta que, en un momento, el que me llevaba se detiene y me doy cuenta que estamos en la entrada del dormitorio. Comienzo a llamar a Haroldo. Le pido que se acerque. que no lo puedo ver y escucho su voz que me responde y siento su cuerpo próximo al mío. Me desespero tratando de verlo. de tocarlo pero sigo con las manos atadas y la cabeza encapuchada. Haroldo me responde: "estoy bien querida, no te preocupes por mí, cuidate vos y el nene, yo estoy bien. Siento que Haroldo se acerca y me besa la barbilla, que era la única parte de la cara que tenía descubierta. Ahí me doy cuenta que Haroldo no estaba encapuchado, ya que me besó directamente la parte descubierta. Comienzo a gritar que no me lo lleven, quiero tender mis manos hacia Haroldo pero no puedo desatarme. Siento que bruscamente nos apartan. Todo sucede rápidamente. Me tiran sobre la cama. Uno de ellos cubre mi cuerpo con el suyo y me pone un revólver en la nuca. Siento los gritos del muchacho cuando se lo llevan, siento un ruido de cadenas nuevamente y motores de automóviles que se encienden. El tipo que me estaba custodiando gritaba sin parar "no te muevas, no te muevas, no te muevas". Pero no podía moverme. Apenas podía respirar con mi cara apretada contra el colchón. Escucho que se abre la puerta de calle y una voz llama al sujeto que estaba conmigo.

Este sale corriendo y ahora escucho un portazo y que cierran la puerta con llave. Luego un silencio de muerte me rodea. Me doy cuenta que se han ido todos. Trato, con gran esfuerzo. de incorporarme de la cama y llego al cuarto de mis hijos. No sé cómo logro desatarme y quitarme la ropa que cubría mi cabeza; son dos camisas, una de Haroldo y otra de Miriam. Veo al bebito durmiendo en la cuna, me acerco a la cama de Miriam y comienzo a llamarla a los gritos, desesperada. Ella no me responde, mis fuerzas físicas no dan más, las piernas se me doblan y la cabeza me da vueltas. Sigo llamando a la nena, enloquecida empiezo a sacudirla y siento un olor muy fuerte. Me doy cuenta que estaba dormida con cloroformo. Ernestito comienza a llorar, seguramente asustado por mis gritos, y Miriam abre los ojos enormes, sus pupilas están dilatadas. Rápidamente le cuento a la nena lo que había pasado, le pido que se levante y me ayude a salir de la casa. Sigue mirándome espantada y comienza a llorar cuando ve la casa toda revuelta. Las dos lloramos juntas, aterrorizadas. Le pongo un abrigo sobre el camisón y envuelvo al nene en una frazada. Comienzo a caminar por la casa hacia la puerta. En el piso hay que sortear objetos rotos, ropa, papeles y libros. Miro hacia el comedor y veo platos, cubiertos y restos de comida. Habían comido las milanesas que tenía preparadas. También tomado café. El aparato de teléfono no estaba, se lo habían llevado.

Dejaron un sillón grande de cuero, allí siento a los chicos y me subo al respaldo tratando de alcanzar una ventana. La abro y salto a la vereda. No veo ningún coche vigilando. La nena me pasa al bebito y salta con mi ayuda Comenzamos a caminar. Eran alrededor de las seis de la mañana. Llovía y hacía mucho frío. Un amanecer gris y destemplado, clásico de un día de mayo. Cuando siento que las piernas no me dan más, veo pasar un taxi desocupado. No podía creer en ese milagro. Lo llamo y el taxista se detiene y baja a ayudarme. Le cuento brevemente lo que me había pasado y le pido que nos lleve hasta la casa de mis padres, pero le aclaro que no tengo un solo peso para pagarle, ya que me habían robado hasta las monedas. El taxista me di jo "señora, yo trabajo de noche y todos los días veo casos como el suyo, yo la llevo donde sea". El hombre tapa la banderita del reloj del taxi, me ayuda a sentarme, acomoda a mis hijos y parte a toda velocidad. No hablamos una palabra en todo el trayecto. Al llegar se baja y vuelve a ayudarme con los chicos. Me pregunta: "¿en qué puedo ayudarla?". No sé quién es este hombre, ignoro su nombre, sólo tengo este medio para agradecerle profundamente su solidaridad. Jamás lo olvidaré.

Testimonio de Marta Scavac, esposa de Haroldo Conti, revista Crisis, Nº 41, abril de 1986.

 

Desaparición de Haroldo Conti, Legajo Nº 77

Por Roberto Baschetti

Además de periodista, incursionó en la docencia, el teatro, el cine y la literatura. Mereció los siguientes premios: Revista "Life" (1960), Fabril, en narrativa (1962), Municipal (1964), Universidad Veracruzana (1966), Barral Editor (1971) y Casa de las Américas (1975). Colaboró en la revista "Crisis" en Buenos Aires.

El día 4 de mayo de 1976 fue aprehendido cuando retornaba a su domicilio de Capital Federal a medianoche, junto a su compañera Marta Beatriz Scavac Bonavetti y el bebé de ambos. Allí tenía que aguardarlos un amigo. Al arribar a la vivienda, el amigo se encontraba ya maniatado, había un grupo de individuos vestidos de civil, quienes golpearon brutalmente a la pareja y la encerraron allí mismo, mientras se peleaban por el reparto del "botín": los sueldos de ambos, percibidos esa mañana, efectos patrimoniales de toda naturaleza, etc., dejando escasamente los muebles de gran tamañ0. Robaron los originales de todas las obras de Conti, y documentación personal.

Se llevaron a Conti y al amigo, en varios automotores, que incluían el propio coche de Conti que tampoco apareció más. La Sra. Scavac debió salir por una ventana con sus dos hijos, ya que la puerta fue dejada con llave, y el aparato telefónico hurtado. Según versión de los vecinos, poco más tarde los captores regresaron, tal vez con el fin de llevársela a ella. Concurrió casi de inmediato a la Comisaría Seccional 29, donde la atendieron burlonamente y ni siquiera se trasladaron para verificar el estado en que había quedado la vivienda, donde todo estaba revuelto. Ante el Poder Judicial no tuvo mejor suerte, ya que en poco tiempo se archivaron las actuaciones.

Explica la Sra. Scavac que en los medios de prensa le manifestaron que: "tenían orden del Gobierno de no informar sobre el secuestro de Conti".

Al cabo de tramitar diversos recursos de hábeas corpus con resultado desfavorable, se inició con fecha 2 de marzo de 1983 una nueva demanda de hábeas corpus ante el Juzgado Federal Nº 3 de la Capital Federal, Secretaría Nº 7. Los elementos innovantes que en esta acción se incorporaron son los siguientes:

a) Los diarios de fecha 13 de noviembre de 1982 dieron cuenta de la detención, en la ciudad de Ginebra, Suiza, de tres argentinos, quienes declararon pertenecer a grupos secretos de represión política, autores de secuestros extorsivos cuyos "rescates" cobrarían en aquel país donde resultaron aprehendidos, y que manifestaron estar en condiciones de proveer información sobre el destino de Conti ("Clarín" 13l 11/82);

b) En base a las fotografías difundidas en su momento de los individuos detenidos en Suiza (Bufano, Martínez y otros), la Sra. Scavac reconoció que el "amigo" que se hallaba en el domicilio antes de que llegaran las fuerzas que capturaron a Conti, y que decía llamarse "Juan Carlos Fabiani" (quien había concurrido a casa de Conti una semana antes del secuestro solicitando "asilo" por sentirse perseguido por la policía a causa de su militancia política), era el detenido Rubén Osvaldo Bufano -perteneciente, según sus declaraciones al Batallón 601 del Ejército. Los hijos de Conti -Marcelo Haroldo y Alejandra- del primer matrimonio, también reconocieron dichas fotografías, ya en sede judicial, como pertenecientes al "amigo" a quien veían en la casa de su padre cuando le efectuaba visitas;

c) El ex cabo de la Fuerza Naval Raúl David Vilariño recuerda haber visto a Conti secuestrado en la ESMA; posteriormente, reconoce su fotografía.

[Fuente: www.desaparecidos.org]


"ESA SENCILLA HISTORIA"

Nació en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, el 25 de mayo de 1925. Fue secuestrado-desaparecido de su hogar el 5 de mayo de 1976 en Capital Federal.

Su obra literaria es tan exitosa como extensa. Veamos: Examinado (pieza teatral), Premio OLAT, 1955; La Causa (relato), Premio LIFE, 1960; Sudeste (novela), Premio Fabril, 1962; Todos los veranos (cuentos), Premio Municipalidad de Buenos Aires, 1964; Alrededor de la jaula (novela), Premio Universidad de Veracruz (México), 1966; Con otra gente (cuentos), En vida (novela), Premio Barral de España, 1971; Con gringo (cuento), 1972; La balada del álamo Carolina (cuentos), 1975; Mascaró, el cazador americano (novela), Premio Casa de las Américas, Cuba, 1975.

Haroldo fue ex seminarista salesiano en el seminario metropolitano de Villa Devoto ("Estudié de sacerdote, con sotana y todo. Leía muchos libros misionales, libros escritos por misioneros. Me imaginaba en algún confín del mundo redimiendo infieles. Además, me entrenaba con bufanda y sobretodo en verano, casi desnudo en julio, comiendo grasa para poder acostumbrarme a los rigores que sin duda se agazapaban en mi vida. Finalmente, todo eso acabó: tuve una gran crisis religiosa y volví a mi pueblo" A la revista Gente, el 12-8-71).

Profesor de latín desde 1967 a 1976 en el Liceo Nacional N0 7 Domingo Faustino Sarmiento de Buenos Aires.

Relación escritor-vida

Yo soy escritor nada más que cuando escribo. El resto del tiempo me pierdo entre la gente. Pero el mundo está tan lleno de vida, de cosas y sucesos, que tarde o temprano vuelvo con un libro. Entre la literatura y la vida, elijo la vida. Con la vida rescato la literatura; pero aunque no fuera así, la elegiría de todas maneras.

El mundo de Haroldo Conti

Después de Sudeste conocí por fuerza ese mundo que llaman de las letras, y pensé que nunca más iba a poder escribir una línea. Allí estaba esa gente que suponía espiritualmente la más rica, sostenida sobre la cabeza de un alfiler, podada y limitada en sus experiencias hasta la asfixia y yo con mi novelita debajo del brazo tratando de hacerme un hueco donde pudiera meter los pies. Entonces decidí seguir donde estaba, igual a como estaba, porque después de todo no es tan importante vivir como escritor sino escribir como tal. Lo que yo quería era una literatura que no se interpusiera entre uno y la vida, sino que fuera justamente un modo de conocerla y penetrarla mejor. Una literatura así es una tarea solitaria; dramática y lúdica al mismo tiempo, y sobre todo necesita de los vivos y no de los muertos. De alguna manera, ellos estaban muertos. En eso no descubrí nada nuevo sino que, casi por instinto, acepté el camino de aquellos viejos conocidos para quienes la literatura no fue una forma exquisita de la singularidad sino la imperiosa y hasta trágica necesidad.

A las pequeñas cosas les doy mucha importancia. Si usted viene a mi casa verá muchos cachivaches. Bueno, es todo lo que va a quedar de mí, la lámpara que encendí con tanto cariño, la lapicera que he usado toda mi vida, esta ropa que para otro no significa nada y que para mí tiene mi olor, mi sustancia... Usted dice en cuanto a lo que dije de otros escritores, que queda su obra pero partamos de que es una minoría la que escribe; yo hablo ahora en general, de toda la humanidad. Además no es sólo el hecho físico de mi ropa. Yo le confiero que no le doy más importancia a mi obra que a las cosas físicas que dejo, porque ellas han compartido más mi vida, tienen mucho más sentido que mis libros. Los libros yo los escribo como vida que vivo, no como un monumento literario que dejo. (De la charla en el Instituto Superior de Periodismo, 1968).

Su militancia política

...Para terminar con esto, sin dejar por otra parte de ser consecuente con lo que llevo dicho, quiero dejar establecido, porque son pocas las oportunidades de proclamar lo que uno piensa, que apoyo al FAS (Frente Antiimperialista y por el Socialismo), a cuyo IV Congreso en el barrio de Ludueña, de Rosario, acabo de asistir, (...) que he ofrecido en Córdoba mi colaboración para lo que mande el compañero Agustín Tosco y que creo decididamente en la patria socialista. Más claro, imposible. En "Compartir las luchas del pueblo" (Crisis, agosto de 1974).

Y bien, en esto, compañero, puede usted ver lo que significó para mí Cuba. Es lo que deseo para mi Patria, naturalmente. ¿Cómo no desearlo? Una sociedad más justa, más digna, más humana. Y mi más encarnizado deseo es que algún día mis hijos puedan conocer ese territorio libre de América, mis hijos y todos los compañeros. Para que en los momentos de adversidad sepamos que allí está esa firme bandera, que alguien en América lo hizo, que esa llama es imparable y que, tarde o temprano, alumbrará para todos. En "Compartir las luchas del pueblo".

Su desaparición

El 4 de mayo de 1976 por la noche, Haroldo y su compañera Marta fueron al cine a ver "El Padrino" y dejaron dos niños al cuidado de un amigo que había venido de Córdoba esa tarde y que iba a pasar la noche en el sofá del estudio. Cuando volvieron después de las 12 de la noche, quien le abrió la puerta de su propia casa fue un civil armado de una ametralladora. Adentro había otros cinco hombres con armas semejantes, que las derribaron a culatazos y los aturdieron a patadas. El amigo estaba inconsciente en el suelo, vendado y amarrado y con la cara desfigurada por los golpes. En su dormitorio, los niños no se dieron cuenta de nada porque habían sido adormecidos con cloroformo.

Haroldo y Marta fueron conducidos a dos habitaciones distintas mientras el comando saqueaba la casa hasta no dejar ningún objeto de valor. Luego los sometieron a un interrogatorio violento. Marta que tiene un recuerdo minucioso de aquella noche espantosa, escuchó las preguntas que le hacían a su marido en la pieza contigua. Todas se referían a dos viajes que Haroldo Conti había hecho a Cuba. Las dos veces en 1971 y 1974, había concurrido como jurado del Concurso de Casa de las Américas. Los interrogadores trataban de establecer por esos dos viajes que Haroldo Conti era un agente cubano.

A las cuatro de la madrugada, uno de los asaltantes llevó a Marta a la habitación donde estaba Haroldo para que se despidiera de él. Estaba deshecha a golpes, con varios dientes partidos, y el hombre tuvo que llevarla del brazo porque tenía los ojos vendados. Otro que los vio pasar por la sala, se burló: "¿Vas a bailar con la señora?". Haroldo se despidió de Marta con un beso. Ella se dio cuenta entonces de que él no estaba vendado, y esa comprobación la aterrorizó, porque sabía que sólo a los que iban a morir les permitían ver la cara de sus torturadores. Fue la última vez que estuvieron juntos. Seis meses después del secuestro, habiendo pasado de un escondite a otro con su hijo menor, Marta se asiló en la embajada de Cuba. Allí estuvo un año y medio esperando el salvoconducto que al final llegó por una intermediación del general panameño Torrijos ante el almirante Massera.

El sacerdote y profesor Leonardo Castellani, junto con otros escritores (Sábato, Ratti y Borges) se reunió con el general Videla al poco tiempo de producido el golpe militar del 24 de marzo de 1976. Una estratagema de los militares para blanquearse en el exterior y conseguir el apoyo de los círculos culturales nativos.

En tanto Sábato confraternizaba con el dictador Videla y Borges decía textualmente que "fue una reunión muy grata y el presidente le pareció una persona simpática y amable", Castellani pidió por la vida de Haroldo Conti, ex alumno suyo en el seminario de Villa Devoto. Inclusive llegó a verlo el 8 de julio de ese año en una celda –según confió el mismo antes de morir– en Coordinación Federal, un organismo de la policía capitalina.

Haroldo estaba postrado por el tratamiento recibido y no le fue posible conversar con él.

Como homenaje a Haroldo desearía concluir esta semblanza de él con algo que escribió en La Rioja en junio de 1967: "No sé si tiene sentido pero me digo cada vez: contá la historia de la gente como si cantaras en medio de un camino, despójate de toda pretensión y cantá, simplemente cantá con todo tu corazón: que nadie recuerde tu nombre sino toda esa vieja y sencilla historia".

Fuente: www.madres.org

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