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Nestor Sanchez: Adagio para viola d’amore, cuento de Néstor Sánchez

Par larouge • CUENTOS • Jeudi 17/12/2009 • 0 commentaires  • Lu 713 fois • Version imprimable

Adagio para viola d’amore, cuento de Néstor Sánchez

Cuento de Néstor Sánchez (1935-2003), del libro “La condición efímera” (1988)

A Hugo Gola

Y en alguna medida capaz de volvérsenos irreprochable, querido viejo, vienen a traerlo un poco por telones de fondo, por frases interrumpidas para siempre, las mortificaciones de su Rilke empeñado en alcanzar alguna vez los beneficios de la soledad perfecta o perfeccionable: cierto instante o mejor sospecha de instante con prolongaciones mudas y sucesivas en que podría (entonces les sería dado) recogerse de toda credulidad en la vida minúscula -o acaso dijeron de común acuerdo ilusoria.

Algo rezagado bajo cielo tiza y más que merecerlo parece obligar -a causa de aquello de la entonación ajena en cada uno de nosotros- el perímetro textual que poco más tarde de la casa recorrería con los zapatos en el polvo, o sea al rato de haberlo recorrido con la vista, de haberlo recorrido con la sonrisa mil novecientos veinte, de haberlo insinuado con el cigarrillo en el extremo del brazo hacia la casi desolación de adelante.

Porque usted no ignora por nada del mundo la posibilidad de describir aquel perímetro que lo contuvo, aunque probablemente preferiría no detenerse en pormenores:nada más nombrar el puñado de elementos seleccionados desde atrás de los lentes, cuatro o cinco palabras más algún matiz casi indiferenciado más la dudosa orientación del viento: esa diversidad simplísima -debió pensarlo de nuevo- en la que todo se escapa sin remedio pero desde donde, en algún otro momento diferido, puede carecerse del rencor a perderla o exaltarla perdida y a partir de donde, un poco por telones defondo, todo parecería confluir a una desmemoria si se prefiere impersonal y deslumbrada.

Despacio en dirección a la laguna aquel domingo con las mujeres que lo alentaban hasta el extremo de no percibirlo, la mitad precisa del invierno que tanto preocupara a su mejor Essenin: algo tiza y de provincia con la perra menos ágil y siempre aterida a su alrededor. ¿Es que los amigos -y lasmujeres otra vez con vestidos mil novecientos veinte- nada más pueden llegar a significarnos aquella parábola perpleja de la soledad?

Incluso es posible que se hubiese empeñado en abandonar la casa desde el fondo de la casa o que por el contrario ni siquiera había entrado cuando a partir del fondo lo vimos pegado a la verja y entonces pudo cumplirse aquello de que toda acción (usted la reduciría a movimiento) está prevista por anticipado a la sospecha, inscripta en esa confluencia humildísima ya insinuada alguna vez pero sin duda pensando, a su modo, en Isadora Duncan resguardada por la trinchera con la que mintió haberla defendido el único (acorralándose) el único y deliberadamente dichoso frente a la ópera luctuosa de mil novecientos catorce.

Porque resultaría inadecuado disimular que fue a partir de entonces en que usted se vinculó -ya sin ningún tipo de reticencias- a la vociferación subterránea de Telemann.

O por otro lado como lo insinuara decenas de veces al nombrar el río tal cual el río cruzando equis años a doscientos metros de su casa donde ya no está Eleonor: el río de su Keats es un poco todos los días, sin duda, aunque tambiénla vida -ese movimiento garrafal- podría volvérsenos desmesurada, es cierto, al único precio de descubrirle el único carozo que a su vez contiene la pepa con el rarísimo sabor mezclado al único recuerdo impersonal de todos los sabores y de todas las catástrofes.

El perímetro neto ni demasiado espacioso ni demasiado contundente antes de desembocar a la laguna, nada más la calle reconocible de tierra unas dos horas antes del crepúsculo -todo el pasto quemado por la helada- y a tiro de fusil la enredadera de hojas púrpura frente a la que iría a detenerse sin abandonar el centro como si a lo sumo el único propósito fuera encender el nuevo cigarrillo para enseguida de eso y durante la comba del pañuelo hasta los lentes recordarnos las hojas púrpura de la enredadera en invierno pegándose a la pared de ladrillos ásperos en un instante que a partir del primer paso de cada uno quedaría a su vez perdido sin remedio.

Por supuesto, allá delante de todos la laguna literal sin botes ni nada, sin pájaros que planearan, sin algas, sin otra costa visible: apenas la perra adelantándose a oler algo en la resaca con esa especie de júbilo o de cansancio, lasmujeres rodeándolo -¿usted recuperaría pobremente a Eleonor?-, estrechando muy de a poco aquel círculo durante algunos segundos de inquietud hasta llegar a impedirle el paso justo a esa hora bastante prolongada de las mediaciones.

Viejo querido, viejo deambulante de las correspondencias, el perímetro previo a la laguna se completa a fin con esos pocos ranchos dejados de la mano de Dios en la imposibilidad del verano: sus veranos extendidos dentro del verano ¿el confortamiento de la otra duración? con la camisa arremangada en el tedio bajo el mismo árbol de casitoda la vida mirándolas chapotear y desorientarse en el letargo: ¿fueron las mujeres -o ella en particular- las que necesitaron limpiarle el polvo de los zapatos cuando usted se detuvo de pronto? Fue entonces -o acaso ya frente a la laguna- cuando dijo sin contexto descifrable, por lo bajo, aquello del caracol de la diversidad.

Desde atrás viéndolo ir hacia la laguna concebimos la fragilidad del viejo cuando camina por el centro de la calle (la humedad pegajosa pegándose a la ropa) y por lo tanto asociamos la pareja con tres cañas de pescar contra la pared los dos comiendo carne sin mirarse entre sí bajo un techo de juncos algo ennegrecido por las lluvias, más el niño perplejo sobre un montículo, los brazos levantados y sostenidos hacia una rama o un nido frente a la escena íntegra de todos en dirección ala laguna.

Entonces alguien lo propuso: usted se merecía toda la música de Telemann en el caso de tener en cuenta que Telemann, a lo sumo, también había creído y celebrado ser nada cada vez que le parecía experimentar entre sus manos el caracol de nada de la diversidad.

Sin nadie hasta la casa a proponernos desde la verja la laguna, a proponernos después la enredadera, las hojas púrpura de la enredadera con lo que sin demasiados rodeos habrá pretendido recordarnos que cada momento contiene la posibilidad casi inaudita de su contrario -aunque a pesar detodo tendería a callarlo una vez más-.

Y que tampoco diría ni allí ni más adelante que todo corazón de carne está hecho a la medida de un riesgo semejante.

La amplitud de la laguna tiza bajo el cielo o las nubes en la bajada (en la barranca) la mano se tomó del brazo de una de las mujeres en particular, la del poncho, y achicó por lo tanto los pasos dado que no quería mirar desde allí el agua o en todo caso algo debió suceder con la perra en la mitad de la barranca -justo en esa incomodidad- porque usted no sólo se detuvo así sostenido del brazo de ella sino que además se agachó para acariciarle la cabeza y apretarle el hocico con la otra mano justo ahí donde sus piernas menos sostenían en equilibrio, de nuevo sorprendido con su sonrisa mil novecientos veinte justo donde sus piernas menos podían sostener el equilibrio.

No bien se acercó hasta el borde del agua y miró espaciosamente (con la cortedad que le conocemos) en particular la mujer joven del poncho ya se había alejado de usted y de nosotros, se había ido a unos treinta pasos sin volverse a mirarlo sobre la tierra gruesa y demasiado húmeda.

Y por su parte usted, despojado de Eleonor, tardaría en distinguirla sola abajo del poncho, con el culito húmedo y muy frío, con las piernas abrazadas y el mentón sobre las rodillas.

Imposible visualizar la otra costa: tampoco se volvió hacia nosotros ni entró a la laguna ni aseguró hacia el agua tiza claro que no hay ni habrá forma de armonía posible mientras ella no produciría ningún amago de movimiento o ademán, ni siquiera extendería una mano para apoyarse en algo a la caída de la tarde.

No había pájaros que sobrevolaran el agua, no había juncos ni tampoco botes: jadeos indistintos hasta que la perra entró a la laguna; correría un trecho enorme por el agua y paralela a nosotros. Había, cerca de todos pero en especial del viejo, una rama algo podrida sobre el barro: atrás los árboles de la barranca y el niño no nos había seguido porque resultaba imposible ubicarlo atodo lo largo de la línea divisoria.

Y tal vez usted no sintió imprescindible acercarse hasta ella, la del poncho, y por ese mismo motivo no se acercó: el ruido apenas del agua en las olas insignificantes, con todo dicho.

Fue mucho más tarde, cuando las otras mujeres empezarían a moverse. La perra empapada buscaría un calor inexistente en el polvo, desfigurándose, y entonces lo vimos girar con tanta lentitud hacia ella, aunque tampoco se acercó.

En última instancia, a pesar de la inclinación del cuerpo en bancarrota, no movería ningún músculo de la cara, ni de las piernas.

Sin embargo cuando mucho más tarde empezó a gesticular hacia nosotros parecía un idiota, un prestidigitador, aquel mercader del río enormemente despojado y hasta casi vulgar. ¿Cómo pudo resistir la tentación de arrodillarse sobre la tierra húmeda y meter la cara detrás de las manos; cómo pudo volver a sonreírse y enseguida de eso juntar la única rama con la perra que debido a esa causa no dejaría de torearlo hasta que nos fuimos?

Aunque si ahora está volviendo sola una media hora más tarde con el poncho por el centro de la calle y de las huellas en dirección a la casa tampoco le queda mucho más que el resplandor opaco a su espalda, así, achuchada y vacilante.

Nosotros que ya habíamos llegado a la casa encendimos fuego mientras usted descansaba -o fingía hacerlo- en la pieza del medio, sobre la colcha y con el velador encendido.

Pero mejor veámosla durante una fracción de segundo: acababa de recorrer las cinco o seis cuadras de tierra desde la laguna hasta la casa arrastrando algo los pies sobre el polvo y envuelta en un poncho tomará envió y saltará con las piernas separadas, con cierto desgano repentino, con los brazos pegados a los flancos. Por ese brevísimo instante está suspendida y algo despeinada en al aire sobre la zanja: la frente un poco fruncida y la punta del pie derecho llegando primero que nada a la tierra, hacia la casa, en la última luz, sola y con el culito húmedo y muy frío a causa de la tierra gruesa de la laguna.

Ninguno de nosotros dudó de que había tardado demasiado poco en reaparecer desde la pieza (la respiración algo insegura bajo techo principios de siglo, cuatro paredes peladas y las cortinas), mientras las demás mujeres andaban por toda la casa con aquel recogimiento inesperado.

Y cuando usted se acercó hasta el fuego sin que lo notáramos para dar toda la vuelta en apariencia buscando una rama con brasa en la punta lo cierto es que quedaría de frente a la entrada, de cara a la calle donde está la verja tal vez en el mismo momento en que ella apoyaría el otro pie sobre la tierra ya de este lado de la zanja.

De hecho le había resultado imposible dormitar sobre la colcha debido a la luz del velador (o a causa de la inestabilidad aparente de esa luz) y por un instante de pie junto al fuego le temblaron un poco los labios

Entonces ella debió aparecer sin ninguna urgencia dejando la verja a sus espaldas porque la perra antes que nada se irguió y sólo al rato correría en ese principio de oscuridad total de los patios. Tendió a demorarse con exceso hasta poner las palmas a unos dos metros del fuego mientras usted debía escuchar lo que alguien pretendía decirle o decirnos pero sin dejar de mirarla a través del humo: todos admitimos su mutismo creyendo sospechar que algo volvía a exaltarse en usted por encima de las formas más o menos decorosas de cierto desahogo inencontrable, por la señal no sólo vaga sino inútil que le habría temblado al hablar (la entonación ajena, eso) si se hubiese hecho referencia, por último, a ese otro invierno desmedidamente atrás y sumergido.

Por las pocas chispas que a su modo anticipaban la llama azul a partir de la cual y casi con ilimitada certeza habría reconocido (incluso por medio de la danza o de la acrobacia) la otra enormidad de todo lo indecible.

Sin perder el control ella empezó a lagrimear o en su defecto el humo fue metiéndosele por los ojos mientras dejaba las manos extendidas, mientras se le entibiaban las palmas, aunque lo cierto es que no debía tratarse de humo porque a partir de eso usted (que la tenía de frente) iniciaría esa ronda del fuego hacia ella.

Y ella por su parte, habrá ido a experimentar la proximidad paulatina y el cielo de la noche.

Y usted no dijo todo poema es y será la historia invertida de una carencia o, con un poco menos de afectación: estamos realmente abandonados en medio de todo lo que queremos. Usted descreyó una vez más de toda palabra, en plena vejez, en la misma provincia de casi toda la vida.

Sin embargo aquel rato juntó al fuego el que fue tan despacio hacia ella ¿puede, viejo querido, perdurar inútilmente en nosotros?


Referencia: http://www.apocatastasis.com/literatura/adagio-para-viola-damore-cuento-nestor-sanchez/#ixzz0a2aYcRR9
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