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fragmento de Cuentos inéditos

Par larouge • Mujica Lainez Manuel • Jeudi 09/07/2009 • 0 commentaires  • Lu 969 fois • Version imprimable

Un artista


En la "Hoster&iacutea de la Manzana de Ad&aacuten" ten&iacutean sus cuarteles unos cuantos literatos y desocupados que sol&iacutean ir a filosofar frente a su bien abastecida chimenea.
   Era un viejo mes&oacuten cuyas paredes morunas, blanqueadas con cal, brillaban a la luz de la luna.
   Allí, entre el humo de las pipas y el chocar de los vasos, los bohemios hac&iacutean derroche de esp&iacuteritu y buen humor.
   Una vez, por mera curiosidad, visité dicho establecimiento.
   El interior constaba de una sala en la que cabr&iacutean hasta veinte mesas.
   A la luz vaga de los candelabros, advert&iacuteanse apenas los rostros de los jubilosos escritores; pero sonoras carcajadas delataban su presencia.
   Recuerdo que llamó mi atenci&oacuten un hombre que, con aristocr&aacutetico desd&eacuten, no parec&iacutea querer unirse a los dem&aacutes.
   La luz vacilante de un cirio la daba de lleno en el rostro, en el que pon&iacutea largas pinceladas de oro. Era alto y fino. Evocaba los lienzos borrosos de Holbein y de los maestros flamencos.
   Los lacios cabellos y la barba rubia prest&aacutebanle cierto parecido con San Juan Evangelista. Pero lo que m&aacutes me impresionó fueron sus ojos, maravillosamente puros y azules, llenos de dulzura.
   Estaba de pie, apoyado contra el dintel de una puerta, y fumaba lentamente en una larga pipa de porcelana alemana.
   Ignoro de qué modo trabé relaci&oacuten con &eacutel. Como por artes m&aacutegicas me vi sentado frente a &eacutel, ante una mesa en que brillaban dos gruesos vasos de cerveza.
   Fij&eacuteme, entonces, en su ra&iacutedo traje y en la corbata rom&aacutentica, anudada con despreocupaci&oacuten, y pensé: un poeta.
   Era un pintor.
   Así me lo dijo mientras que, en el desvencijado pianillo, una mujer de grandes ojos rasgados comenzó a tocar un nocturno de Chopin.
   Apag&aacuteronse los profanos murmullos.
   Suavemente, con voz musical que parec&iacutea seguir el ritmo doloroso del Nocturno, mi pintor habl&oacute.
   Pertenec&iacutea a la escuela de los artistas que quieren revivir en sus telas el arte muerto de Bizancio.
   Con los ojos cerrados, acarici&aacutendose la barba, narró el fasto de las opulentas ciudades de Teodora.
   Fue un verdadero friso, un bajo relieve, el que puso ante mis ojos deslumbrados.
   Y hab&iacutea en &eacutel patriarcas severos, emperadores indolentes y cortesanas suntuosas, envueltos todos en el fulgor extra&ntildeo de las joyas.
   Los inmensos palacios de m&aacutermol y mosaicos se levantaban, piedra a piedra, en mi imaginaci&oacuten.
   Ve&iacutea el brillo de las tierras y el de los pesados anillos en las manos imperiales. Athenais... Irene... Las c&uacutepulas de las bas&iacutelicas se erig&iacutean como met&aacutelicos yelmos sarracenos.
   Hechizado, lo escuchaba yo.
   Este hombre era un artista. Un verdadero artista. Hablaba de su arte, de sus ideales, con religioso fervor, como puede un sacerdote hablar de su culto.
   Luego, sin transici&oacuten, fija la mirada en un punto inaccesible, el desconocido me contó su vida, azarosa y miserable.
   A pesar de su profundo conocimiento de la historia antigua t de sus notables estudios bizantinos, el triunfo no hab&iacutea coronado sus esfuerzos.

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