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articulo de Felix Kaufman

Par larouge • Kaufman Felix • Mercredi 01/07/2009 • 0 commentaires  • Lu 1049 fois • Version imprimable

MEMORIA  
Antes de hablar de la memoria voy a permitirme hablar del olvido. Del funcionamiento, de la mecánica del olvido.
Y del olvido a su vez, voy a comenzar por su expresión más paradójica, que es el “olvido del presente”, que consiste en el borrado sistemático de lo que está ocurriendo hoy. Consiste en el “mirar hacia otro lado”. Conduce a la famosa expresión en la Alemania y la Polonia de la inmediata posguerra de “no sabíamos”.
Cuando se produce un asesinato, varios asesinatos e incluso muchos asesinatos, es posible “no saberlos”, es posible ignorarlos. No es posible ignorar el genocidio. El genocidio es posible censurarlo, pero es, por su envergadura, un hecho público, un hecho social.
Recuerdo que cuando milicianos falangistas libaneses, con el apoyo y la protección cómplice de tropas israelíes, cometieron la masacre de los campamentos palestinos de Sabra y Chatilah, un dirigente de la izquierda francesa dijo “todos sabían”. Me quedó ese recuerdo, imborrable. Todos sabían.
En la Argentina todos sabíamos. Lo que he dado en llamar “olvido del presente”, consiste en el borrado sistemático de una realidad insoportable y frente a la cual la impotencia, la imposibilidad de actuar, de denunciar, protestar, resistir, requiere el justificativo culpable de “no saber”.  Hasta que alguien, algunos que ya no tienen nada que temer, en la Argentina las Madres de Plaza de Mayo, rompe el hechizo del miedo. Alguien, impulsado por la desesperación del que ya no tiene nada que perder, porque ha perdido lo que más ama.
Sería muy importante, para los argentinos como para los alemanes o los polacos, o cualquier pueblo en cuyo nombre se hayan cometido atrocidades, superar esta culpabilidad perniciosa. No es que no sabíamos, sino que, sabiendo, no podíamos actuar. Por eso, en el libro que presentamos, enfatizamos esta idea: la aplastante mayoría de los argentinos y no sólo los que fueron encarcelados, secuestrados, torturados o asesinados, la inmensa mayoría de los argentinos fuimos víctimas, directas o indirectas, de la dictadura militar.
El olvido, que es capaz hasta de borrar el presente, es un mecanismo poderoso. Funciona esencialmente sólo, sin esfuerzos. Debemos muchas veces esforzarnos concientemente en recordar. El olvido, por el contrario, funciona de manera automática. Inconcientemente, tratamos de olvidar lo que nos molesta, lo que duele, mucho más lo que horroriza. El olvido –la otra cara de la memoria-, puede funcionar incluso a pesar nuestro. El tiempo es aliado del olvido, no de la memoria.
A veces siento que mi propia memoria es como una tela de araña. Tejido débil, endeble, apenas apoyado en enganches a los que el menor impacto, la más ligera brisa, puede romper. La araña se ubica en el centro de la tela. Ante un desenganche, corre hacia el punto a fin rehacerlo. Siento que corro permanentemente a fin de rehacer los enganches.
Si el olvido es fuerte en sí mismo, si es automático, si cuenta con el tiempo como aliado, imagínense su poder con ayuda militante. Por supuesto, hay quienes militan a favor del olvido. Incluso de buena fe.
No son los partidarios del proceso: ellos bregan por la memoria –otra memoria, su memoria-, por la defensa de las razones de su tenebrosa gesta, por la justificación de su acción histórica. No se trata de la derecha recalcitrante, ella no es peligrosa, sus objetivos políticos la hacen sospechosa. No.
El peligro, en la Argentina proviene de algunos miembros de nuestra famosa y hoy tan alicaída clase media, agotada por los vaivenes siempre críticos de la política, de las instituciones, ni que hablar de la economía que la pauperiza. Sectores –insisto, sólo sectores-, hartos de vivir en la incertidumbre de su futuro: SU futuro, no el nuestro, no el del pueblo argentino. Sectores a los que una derecha sutil, vestida de democrática y de “ecuánime”,  una derecha que condena los crímenes del Proceso, como no, sugiere olvidar el pasado, ESE pasado precisamente, evaluarlo “equilibradamente”, poniendo en la misma bolsa a víctimas y victimarios, restableciendo una supuesta paz necesaria para concentrarse en el futuro, ese futuro que aparece a la clase media como incierto.
Voy a contarles un caso, una anécdota. Un querido amigo mío –cuya figura inspiró al Hans de la ficción de nuestro libro-, judío checo, fugitivo de los nazis, me explica con afán su deseo de que los argentinos olvidemos de una buena vez el pasado. No a San Martín, no al creador de nuestra Bandera, el General Manuel Belgrano. No a nuestras gloriosas –por supuesto, no siempre muy perfectamente gloriosas-, luchas por la independencia. No al pasado en general sino a ESE ese pasado, el proceso.
No es extraordinario que un miembro del sufrido pueblo judío, una víctima directa del nazismo exhorte al olvido de un genocidio, OTRO genocidio, ESE genocidio, el del Proceso? Con respecto a San Martín o con respecto a la Shoa, el hombre propone la Memoria. Con respecto al Proceso, a sus monstruosos crímenes, el mismo hombre propone el Olvido.
Se trata de un hombre profundamente golpeado, en lo económico, en lo personal, por la sistémica crisis argentina. No es casual.
Nos recuerda la leyenda bíblica: si miramos hacia atrás corremos el peligro de convertirnos en estatuas de sal.
Hasta aquí, el proceso del Olvido. El que existe, existe espontáneamente y –como lo dijimos-, tiene militantes, sutiles y poderosos. Dueños de argumentos basados en el cansancio psicológico. No desdeñables.
Por eso la memoria necesita de actitudes orgánicas, organizadas, militantes. Porque la memoria no es espontánea, a veces no lo es ni siquiera en la cabeza de las víctimas. Conozco víctimas de la violencia estatal en la Argentina que quieren olvidar. No muchas, algunas, pero las hay.
No es necesario insistir sobre los protagonistas de ese accionar orgánico, organizado, militante, a favor de la memoria en nuestro país. Son las múltiples, numerosas, incansables organizaciones de Derechos Humanos en la Argentina. Algunas, dueñas de un protagonismo más que merecido. Todos conocemos a las Madres de Plaza de Mayo. Todos conocemos a las Abuelas de Plaza de Mayo. Pero hay muchas más, decenas, acaso centenares a lo largo y a lo ancho del país. Algunas tienen una influencia local, otras existen nacionalmente, todas luchas infatigablemente.
Algunas abordan el problema de la Memoria desde un ángulo determinado: la Madres desde el ángulo de sus hijos desaparecidos. Las Abuelas desde el ángulo de los hijos nacidos en cautiverio e ilegal e ilegítimamente “adoptados” –es decir, como ellas lo dicen, apropiados- por parejas de militares, o afines, a veces vendidos, incluso dados a parejas inocentes, ignorantes de su origen.
Las organizaciones difieren también en matices políticos, en tal o cual evaluación crítica respecto del pasado. Ninguna adhiere a la teoría que llamamos “de los dos demonios” que identifica víctimas y victimarios, aunque alguna sugerencia permita inferirlo a unos u otros.
Esto explica un grado de división y desorden en el accionar de los organismos de Derechos Humanos. Por supuesto, la unidad de todos ellos, en beneficio de la Memoria, sería deseable. No parece ser posible sin embargo.
El accionar de la CONADEP, Comisión Nacional de investigación de las desapariciones.  creada por el Primer Gobierno de la Democracia presidido por Raúl Alfonsín, da lugar a interminables polémicas. La figura de Ernesto Sábato, escritor, quien presidió la CONADEP, queda situada en medio de estas controversias.
Pero el trabajo de la CONADEP, de cuya creación se cumplieron en septiembre 20 años, tuvo un valor y tiene aún una eficacia extraordinarios. El libro NUNCA MAS, que resume sus conclusiones, permitió convertir la sospecha en certeza para millones, decenas de millones de argentinos. Permitió objetivizar la creencia popular acerca del carácter cruel, perverso y genocida del llamado “Proceso”, la dictadura de Videla-Viola-Masera-Agosti, etc. etc.
En una reciente encuesta, realizada por una empresa prestigiosa, se determinó que el 30% de los encuestados leyeron el NUNCA MAS. Que el 57% exije que la justicia actúe. Que el 56% entiende que su lectura debería ser obligatoria en las escuelas. Que el 61% considera imprescindible recomendar su lectura a hijos y amigos. Que sólo el 8% piensa que hay que olvidarlo.
En un país en el que se considera aceptable la edición de un libro en 3000 ejemplares, el NUNCA MAS ha pasado ya los 400000 ejemplares en 22 ediciones.
Y no es un libro “fácil”. Es una lectura densa, dolorosa, casi insoportable.
El exitoso accionar de los organismos de Derecho Humanos no hubiera sido posible, el respaldo del pueblo no hubiera sido posible sin el NUNCA MAS.
Sin el NUNCA MAS nuestro pueblo no recordaría como recuerda. Sin el NUNCA MAS la acción de los militantes de la memoria sería minoritaria, abarcaría sectores militantes, víctimas, familiares y amigos de víctimas, pero ninguna encuesta alcanzaría los porcentajes que hemos ennumerado.
Porque el pueblo argentino recuerda. La Memoria, esa estructura tan frágil en el ser humano, esa estructura tan selectiva se ha salvado. No definitivamente, no: eso sería bajar la guardia. La lucha por la preservación de la memoria no puede ceder.
Pero el pueblo argentino recuerda. El pueblo argentino tiene presente, odia y condena a los criminales.
Les he contado una anécdota de olvido. Porque quise comenzar por el olvido, porque quise alertar contra el olvido, porque quise destacar la necesidad del carácter permanente, conciente y organizado de la lucha por la Memoria. Ahora quiero relatarles algunas anécdotas de la memoria.
Son anécdotas del pueblo, de gente anónima, porque, en definitiva, eso es lo que importa.
Damiana, por ejemplo, es una joven empleada bancaria. Una joven sana, ajena a toda inquietud política, preocupada por vivir su juventud. Obviamente, pertenece a una generación posterior al Proceso. Acaba de leer el NUNCA MAS. Mientras con mi amigo y Compadre Carlos Schmerkin escribíamos nuestro libro ella –que conocía la labor y que lo leyó todavía en borrador-, adquirió el NUNCA MAS. Y leyó el NUNCA MAS. Y conoció el horror, la minuciosa y terrible descripción del terror. Y agradece haber leído el NUNCA MAS. Por propia iniciativa por otra parte.
Ana es una persona de más de 60 años. Persona acomodada económicamente, sin sobresaltos en su vida, trabajó y vivió mayormente en el extranjero, estuvo fuera del país durante la dictadura. Ella y su esposo, gente de intensa vida social, son invitados a una cena cuyos participantes, pura casualidad, son ex miembros de la Marina. Ella y su esposo se retiraron casi descompuestos del banquete, jurándose en adelante ser más selectivos.
Les cuento ex profeso anécdotas de personas integrantes del más amplio espectro social y generacional.
Anécdotas que abonan, junto a las estadísticas mencionadas, esta tesis: el pueblo argentino no olvida, no ha olvidado e insisto: gracias a la acción de los organismos de derechos humanos, cualquiera sea la importancia de cada cual, cualquiera sea su matiz y su ángulo de abordaje del problema.
Si mi tesis es cierta, ella explica que ninguno de los numerosos gobiernos que se han sucedido en la Argentina desde la caída de la Dictadura, hayan podido evitar referirse a la cuestión de los crímenes del proceso, al olvido y la memoria, a la necesidad de castigo de perdón.
El gobierno de Alfonsín, el primero del período democrático, creo la CONADEP y juzgó a los máximos comandantes de la masacre. Luego cedió mediante las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, de las que actualmente el Dr. Alfonsín al mismo tiempo se arrepiente y justifica.
El gobierno de Saúl Menem puso en prisión a decenas de militares miembros del grupo llamado “carapintadas” e indultó a los comandantes condenados durante el período Alfonsín.
Sólo el gobierno de De la Rúa ignoró el problema, pero hay que señalar que en sus dos escasos años ignoró todos los problemas. Sin embargo, en su último minuto, desató la furia popular al pretender imponer el Estado de Sitio: sin quererlo, en un minuto, con sólo tres palabras, encendió la memoria de este pueblo: millones de personas salieron en defensa de la democracia y derrocaron a de la Rúa. Sin quererlo, de la Rúa contribuyó a la Memoria y la Memoria terminó con de la Rúa.
Se sucedieron 3 presidentes que apenas duraron unas semanas, alguno apenas unos días, alguno apenas algunas horas.
El presidente Eduardo Duhalde pareció estabilizar una situación. Pero –conciente de su carácter volátil-, intentó consolidar su conquista mediante una represión que costó la vida a dos jóvenes militantes piqueteros: Santillán y Kostecki. Inmediatamente tuvo en la calle más de 100000 personas. Inmediatamente convocó a elecciones como única salida a la explosiva situación. Duhalde convocó a los demonios del pasado y obtuvo –como de la Rua-, la respuesta de la Memoria.
Y luego asume el actual presidente, Nestor Kirchner, cuya acción conciente (no como de la Rua y Duhalde) a favor de la memoria es por todos conocida. Pero ennumeremos algunas medidas: depuración de probablemente la mayor parte de mandos de las FFAA aún ligados como participantes de la Dictadura. Anulación de las leyes del Punto Final y de Obediencia Debida. Bajo el influjo de esta ola, la Corte Suprema, a su vez depurada, dictamina la imprescriptibilidad de los crímenes de Lesa Humanidad. En una medida histórica, el poder ejecutivo confiscó los terrenos y edificios de la trágicamente célebre ESMA para convertirla en Museo de la Memoria.
Si mi tesis –el pueblo argentino no ha olvidado-, es cierta, ello explica que los rostros conocidos del Proceso no puedan mostrarse en público.  Si los incidentes no son numerosos es porque ellos –que no me conocen a mí ni a mi tesis-, saben que el pueblo no olvida y...no se muestran en público.
Recuerdo –mi frágil memoria recuerda-, que el sanguinario Almirante Emilio Masera al menos dos veces –durante su breve período de libertad-, debió retirarse de restaurantes del mejor nivel, restaurantes a los que no concurren los pobres, ante la rechifla general y la amenaza de los clientes de retirarse en masa sí el no se iba. Recuerdo que el Capitán Astiz, cuyo coraje, como es sabido, se demostró en el asesinato de la madre de un desaparecido, dos monjas francesas y una adolescente sueca y que, frente a los ingleses en Malvinas, se rindió sin disparar un tiro, este héroe del crimen y la tortura, fue dos veces apaleado en la vía pública en dos lugares remotamente distantes del país: Buenos Aires y Bariloche.
Si mi tesis –el pueblo argentino no ha olvidado-, es cierta, ello explica que durante veinte años un poder judicial venal y corrupto, de origen en muchos casos ligado al proceso o a gobernantes que ampararon a los culpables en uno u otro periódo de sus gobiernos, o partidarios del olvido y de sus leyes, este poder judicial no haya tenido descanso durante dos décadas acosados por innumerables denuncias que obligaron a convocar, interrogar, detener una y otra vez a criminales diversos. Hasta en algunos casos, no muchos, hubo condenas. Aún hoy, los procesos judiciales se cuentan por centenares en casi todas las ciudades importantes de la república. Ciertamente, hoy, esos procesos, se sustancian con el apoyo del poder político y de la ley.
PERO, aunque mi tesis –el pueblo argentino no olvida, la Memoria está viva-, sea cierta, ello no justifica el abandono de la dura faena de construirla, reconstruirla una y otra vez, desarrollarla. Porque la Memoria es frágil. Porque la mente humana tiende al olvido. Porque los militantes del Olvido no descansan.
Borges, que fue uno de los mayores escritores de la Argentina, es autor de un cuento maravilloso, el memorioso Funes. Habla de un mítico personaje, ignorante y rústico, que adquirió la increíble facultad de recordarlo TODO.  Funes recordaba en detalle las formas de las nubes vistas el día anterior, las de cada una de las hojas de los numerosos árboles, los nombres y apellidos de cada una de las personas que había conocido y la hora y minuto precisos y las circunstancias en que los había conocido.
Pero recordar TODO dice Borges, es lo mismo que no recordar NADA. La memoria supone la distinción, jerarquía y prioridad de los recuerdos. El olvido, añadimos, también es selectivo. El Olvido en la Argentina sabe lo que quiere que olvidemos. Los partidarios de la Memoria, en la Argentina, sabemos que es lo que hay que recordar.
Y tenemos éxito. Porque mi tesis es cierta: los argentinos no olvidamos.
Este pequeño libro que presentamos hoy Carlos Horacio Schmerkin y quien les habla sólo pretende ser, como Carlos me escribió alguna vez, un granito de arena, otro pequeño granito de arena para trabar el engranaje fatal del olvido, para reconstuir la memoria.
El intenta describir un país que resistió, de una u otra manera, de miles de maneras la mayoría de ellas inconsciente, al horror del genocidio. Resistió desde la alegría, desde la tenaz voluntad de vivir en medio de la tragedia.
Buscando un ángulo diferente –los ángulos de la memoria fueron, son y serán infinitos-, hablamos de la vida en medio de la muerte, de la alegría en medio de la tristeza. Queriendo abarcar tanto a las víctimas directas, a las víctimas evidentes, a los prisioneros, a los secuestrados, como a los que no lo fueron, se nos ocurrió mezclar, junto a la veracidad de las anécdotas vividas por nosotros mismos, una ficción, en la cual a su vez se mezclan militantes con ciudadanos “comunes”, quiero decir, ajenos a toda actividad política pero que sin embargo se ven envueltos, involucrados, por la represión, por la lucha contra la represión. Y esto, simplemente, puramente, como ocurre en la vida, en cualquier vida, a partir del amor a un otro.
No sé si lo hemos logrado. Ustedes evaluarán. Una cosa es segura: intentamos contribuir a la veracidad de la tesis que les he expuesto: el pueblo argentino no olvida.
Y no olvidará. 

Félix Kaufman  
© www.argentinaobs.org/

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